Henry se levanta y entra al baño. Se mira al espejo y aparece una rata. Pocos reflejos evocan tan fielmente el rostro de la traición. Se cepilla los dientes y no puede enjuagarse el sabor a fracaso. Se peina sus cinco pelos y se unta la esencia que imita a The Secret, la fragancia de Antonio Banderas.

Se pone su pinta de actor ambulante, de ferias de enanos y gigantes, mujeres barbudas y monos lampiños. Lustra sus botas de piel de culebra y se lanza a las calles en busca de pecados. Es un cazador de sombras e ilusiones.

Menea el cuerpo como John Travolta en Saturday night fever. Mira a un lado y luego al otro. Mueve esos ojos como un loro borracho, atrapado en una jaula de cartón.

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Se siente sexy, algo tan imposible que casi es verdad, como las pesadillas de los niños, que de tanto lloriqueo se hacen realidad. Camina en zigzag, de esquina a esquina. Cruza un semáforo y después otro. Los minutos paren horas y éstas se vuelven eternidad. Días largos, anacondas hambrientas del tiempo, que se lo traga todo. Una vida resumida a botas de cuero reptil y olores a pachulí; pintas infladas de alucinaciones, puertas de un laberinto sin salida.

Se sienta a la mesa usual. El sitio es pequeño, oscuro y sucio, muy distinto a lo que él ve, pero fiel a lo que observan los otros. Pide un trago a la mesonera de ayer, que mañana tendrá la misma sonrisa. Es diminuta la señorita y hasta la seis su nombre es Yalitza, porque luego se llama Miel, otra chica del burdel.
Chistes malos. Anécdotas insípidas, cháchara torpe; sílabas huecas y verbos enfermizos. Termina el café, paga, se levanta y culmina su destino: el comando de campaña. Aquí le hacen creer a Henry que es un Brad Pitt criollo, con sus botas viperinas y el sombrero revolucionario.
Boinas con los tonos de Satán, rojas y negras o camaleónicamente blancas, tan populares en estos predios, donde le rinden culto a las miserias. Envidia y mezquindad se subliman en cualquier ideología rimbombante. El comando se parece a su baño. Aquí el roedor se jura Antonio Banderas.
Sí, allá va Henry, el “urban cowboy”, meneando ese rabo. Es una rata y un fiel esclavo de la revolución.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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