(Estas letras fueron escritas a mediados de 2020)
Hace unos días vi un documental de Netflix sobre el pederasta Jeffrey Epstein. Me pareció un trabajo poco profesional y sesgado, por múltiples razones. Dos de ellas son peligrosas y elocuentes del mundo que vivimos: 1) se juega con el nombre de las personas como si se tratase de plastilina y la agenda política detrás de la producción es innegable. En varias ocasiones muestran al presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump, como si este fuese cómplice del criminal.

En cambio, Bill Clinton, quien posee múltiples registros de sus viajes en el “Lolita Express”, el documental apenas lo menciona y cuando lo hace (porque sería descarado no hacerlo) se pretende limpiar su imagen, mostrándolo como inocente.


El documental no tiene miramientos para exponer al abogado Alan M. Dershowitz y empañarle su reputación, con acusaciones sin ninguna base y poniéndole a la defensiva, solo por haber cumplido con su deber como jurista. Dershowitz es uno de los grandes de la historia del derecho. De orígenes humildes, a punta de genio y todavía veinteañero fue la persona más joven en lograr la titularidad de una cátedra en Harvard. Su carrera y obra literaria marcan un hito que sirve de inspiración y ejemplo a miles de personas.

2) El otro punto que debo resaltar es el de las víctimas del pederasta. Un documental sobre un caso tan grave, que resalta uno de los crímenes más aberrantes, debe cuidar los detalles con precisión quirúrgica. Me opongo a la pena de muerte en casi cualquier caso. Pero considero, y así lo he plasmado durante mi trayectoria profesional, que la pederastia es una de sus excepciones. No existe crimen más monstruoso que la destrucción de la vida de un niño, incapaz de oponer resistencia, con todas las implicaciones psicológicas y morales que este crimen supone para la víctima, sus familiares y la misma sociedad, que debe lidiar con una máquina de maldad.
El documental tenía que procurar el cuidado de las formas y colocar víctimas que generasen empatía en el espectador y no conflictos en la apreciación de la gravedad del crimen. Epstein produjo una red amplia, con capacidad de infligir daño a un universo vasto de víctimas reales y potenciales. Era esencial que los testimonios que se expusieran tuviesen poder para producir en el espectador una empatía a prueba de cualquier reflexión ambivalente. Y no fue así.
Algunos de los casos que se narraron, de hecho, el principal de los seleccionados, fue el de una joven (Virginia Roberts) que a los dieciséis años se empleó por propia voluntad como masajista, viniendo de ser empleada en el resort de Donald Trump (¡qué “casualidad” que sea este el caso – de las decenas que existen – el que se resalta con mayor énfasis!).

La muchacha, sin presión de nadie y en pleno uso de sus facultades mentales se mantuvo como empleada de Epstein durante años. Recibía un salario y comisiones por cada candidata que reclutara para Epstein. Viajaba a la isla del pederasta y comentaba lo bien que lo pasaba. Aceptó regalos y toda clase de beneficios materiales. Reclutó a su hermanita y la introdujo en ese mundo; y años después aceptó una beca de estudios, pagada por Epstein, para viajar a otro continente y cursar estudios como masajista profesional. Allí se enamoró y contrajo matrimonio. Fue entonces cuando “entendió” que más que empleada de Epstein era su víctima y encabezó la cruzada para exponer la red de pederastia y llevar a Epstein ante la Justicia.
No soy quién para juzgar a nadie. Pero me pareció que si querían generar una genuina empatía en el espectador, con respecto al daño causado por Epstein, quizás esa no fuera la mejor selección de víctima. Es imposible analizar el caso –el de esta muchacha en particular (que reitero que tenía 16 años cuando comenzó su relación con Epstein)- y no sentir una sensación ambivalente respecto a sus genuinos motivos para irse contra el depredador. Después de tantos años beneficiándose de su relación con aquel criminal, es solo cuando contrae matrimonio y comienzan los problemas económicos que decide demandarlo. No me pareció un personaje capaz de generar la empatía suficiente para despertar la repulsión que se tiene que sentir cuando uno se encuentra frente a estos delitos.
Así las cosas, hace pocos días una mujer publicó en twitter un comentario sobre el documental. Y le coloqué una nota donde le expresé que su producción me pareció deficiente. La dama me reveló que ella había sufrido abusos sexuales y que le parecía importante que estos temas se hicieran públicos. Entonces comencé un amable intercambio con ella, donde le dije lo que me pareció malo del documental.
En uno de mis comentarios hice alusión al caso de la empleada de Epstein y otras como ella. Afirmé que Netflix debía haber profundizado en el asunto de las responsabilidades implícitas y así neutralizar la ambivalencia que podía generarse con casos que producen sentimientos encontrados en el espectador.
Afirmé que tratar un tema tan complejo con frivolidad hace flaco favor a víctimas más evidentes que las mostradas en el documental.
Y entonces escribí el famoso tuit que fue descontextualizado por mis haters y sus seguidores cabezas de chorlito:
OJO: al decir «esas mujeres» me estaba refiriendo a las adultas mayores de cuarenta años que demandaron ante los tribunales (en este momento de mi línea argumentativa son las mujeres, y no las adolescentes, las que tengo en mente). En estas fotos se aprecia como lucen en el documental:
Expliqué, en lo que consideraba una conversación intelectual, que la biología, el derecho y en muchas culturas y credos, no se considera “niño” a una persona de catorce años, ya que mi interlocutor usó esa edad en particular para exponer su idea. Al decir que a los 14 años no se es «niña», en el contexto de la discusión no estoy expresando lo que yo pienso a título personal, sino que me estoy refiriendo a lo que se considera legalmente como «niño» y alguien de esa edad, a efectos de la ley, no es «niño», sino «adolescente» y, en consecuencia, los deberes y derechos aplicables son diferentes.
Afirmé un hecho tan real como la Ley de la Gravedad o la rotación de la Tierra alrededor del sol. Así mismo, respondí que si un adolescente asesina a su novia, o toma una escopeta y masacra a sus compañeros de estudio, pese a su minoría de edad es considerado con algunos grados de responsabilidad. Obvio que atenuados y con muchas aristas que han de ser tomadas en cuenta por un juez, pero sí es considerado responsable de sus acciones, ya que tiene una edad donde -según sostiene la ciencia- existen niveles profundos de conciencia ya desarrollados.
Teniendo a la muchacha (de 16 años) del documental como mi supuesto de hecho en el debate, expresé que esa adolescente es un sujeto de derecho cuyos actos tienen responsabilidades implícitas (por ejemplo: en Venezuela la edad legal para contraer matrimonio sin autorización de los padres es a los catorce años). Esto no significa que su realidad como víctima de un delito no sea verdadera y lo más importante a considerar.
Tampoco significa este argumento que no existan casos de adolescentes donde se hace más que evidente que la responsabilidad recae en el depredador de manera exclusiva. Mas, no siempre es así. Basta leer a Vladimir Nabokov (Lolita) para saber que muchas adolescentes a los catorce años ya han desarrollado suficiente madurez psicológica, emocional y sexual para ser conscientes de sus acciones.

Y es a un juez en un tribunal al que le corresponde dirimir qué grados de responsabilidad existen en los delitos sexuales. Por su seriedad, estos casos no pueden ser decididos por cualquier persona que a la ligera opte por irse contra alguien alegando ser víctima de abusos. Muchas injusticias se han cometido como consecuencia de la libertad con la que se exponen estos casos.
Pero a partir de esta amable conversación, que se desarrollaba en tono respetuoso y estrictamente intelectual, un personaje de la farándula decidió que tenía la oportunidad para hacerse más popular. Extrajo uno solo de mis tuits y sin ningún contexto inició con sesgo venenoso una campaña para someterme al escarnio público.
Me calificó de “pedófilo” y, tratándose de mi nombre, la noticia se hizo viral. Recibí ataques crueles, que fueron publicados en las redes sociales con desparpajo. Me amenazaron de muerte, se metieron con mi esposa fallecida de cáncer hace pocos meses y publicaron toda clase de infamias.
Viendo como esto sucedía, pensé en las paradojas de la historia. Durante mi vida he afirmado que la pederastia merece la pena de muerte, y de repente, un perfecto desconocido, con sus brazos tatuados y el pelo pintado con mechitas amarillas (cuya aspiración es ser una suerte de Kim Kardashian), hace su agosto con mi persona. En un dos por tres, logra reunir a un ejército de seres huecos como él, que le siguen el juego, y apuntan su dedo acusador y deportivamente me atacan con los peores epítetos.
Este individuo y su séquito de hienas cometen un delito atroz, porque la difamación asesina la moral, y lo hacen con libertad e impunidad. Un comentario mío de twitter fue descontextualizado con la expresa intención de hacerme daño. Y eso sí es un delito condenable.
El sujeto de las mechitas amarillas y sus ecos humanos son aquí los únicos condenables. Solo porque no voy a perder más tiempo con este personajillo me abstendré de acudir a los tribunales para demandarlo. Pero entiéndase bien. Se ha perpetrado un ataque deleznable. El delito de difamación es particularmente grotesco, ya que es imposible revertirlo. Una vez que las plumas se sueltan al aire, no se pueden recoger completas. Afecta a mi persona y a mis hijos, que también son víctimas de los ataques. Y aquí la ironía: estos cazadores de brujas, inflados con su moralismo fariseo, se sienten empoderados por una sociedad que así lo permite. Son múltiples lo casos de personas que han sido destruidas por estos paladines de la “moral” y “las buenas costumbres”.
Se ha producido suicidios, despidos laborales, imposibilidad de trabajos futuros, destrucción de carreras brillantes, y secuelas terribles a la psicología, a la dignidad, a la confianza, y mil cosas más; y allí siguen estos difamadores, libres y felices, sintiéndose que le están haciendo un bien a la humanidad, cuando los verdaderos monstruos son ellos mismos.
Esta experiencia es para mí una escuela. Me enseña el porqué el mundo que vivimos está patas arriba. Los valores humanos están invertidos. Sujetos como el de las mechitas amarillas ganan popularidad y dinero mientras dañan las vidas de inocentes. Y allí siguen como si nada. Y personas de trayectorias intachables y carreras brillantes, que le aportan valor a la sociedad, son arrimados como parias y despreciados.
Lo más triste es que estos casos no son analizados con la seriedad que ameritan. Pocos se pasean por las verdaderas motivaciones que, por regla general, hay detrás de este tipo de ataques. Porque rara vez la razón auténtica es la que los asesinos de la moral afirman defender. En su cruzada venenosa, al sujeto de las mechitas amarillas lo que menos le importa son las víctimas de pederastia. Su motivación real es otra: vil, mezquina, chiquita y patética.
Movido por bajas pasiones y el deseo de viralidad en las redes sociales, saca sus colmillos y los clava con saña, mientras que un ejército de cabezas huecas, sin siquiera tomarse la molestia de tener el contexto completo antes de opinar (y pensar en las consecuencias de sus actos o no importarle las mismas) se lanzan en la vil cruzada como «titanes de la moral».
Y así, personas que acumulan escozor por la persona atacada, aprovechan el momento y se lanzan también en el operativo «homicida» (repito, la difamación es una suerte de asesinato), porque tienen ahora el disfraz perfecto para esconder resentimientos y carencias. Ya pueden hacer lo que siempre desearon: vilipendiar a la persona que envidian, sin hacer su sentimiento mezquino tan evidente, inclusive para sí mismos.
Espero que este caso sea una lección y material de reflexión. El mundo que vivimos no está bien. Hay una enfermedad de valores que está mermando a la civilización occidental y lo que esta ha conquistado durante siglos. Los cazadores de bruja del siglo XXI no son distintos que aquellos sujetos que en el siglo XVII quemaban vivas a mujeres inocentes en Salem, solo porque a las esposas de estos «moralistas» les parecía que las damas incineradas eran mucha tentación para sus maridos.
Son asesinos de la moral y el buen nombre de las personas. Sujetos de la peor especie. Y deben ser cuestionados. Solo así comenzarán las cosas a ponerse en su lugar y sembraremos semillas de un mundo mejor.
Por fortuna, yo fui criado en un hogar de valores. Eso me permitió desarrollar la fortaleza mental y espiritual que me protege contra estos infames personajes. Pero no todos corremos con la misma suerte. A veces el daño que estos seres ocasionan no solo atenta contra la moral y el buen nombre, sino que también culminan en el suicidio de sus víctimas.












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