¿Qué lección hemos aprendido como sociedad?

Nada es casual en la vida, todo tiene un origen y para entender a Venezuela se necesita tener la piel dura, casi como una costra.

En lo personal, los resultados del domingo no me sorprenden para nada, de hecho, me parecen perfectamente lógicos dentro del contexto político que vivimos, y con los niveles valorativos de nuestro gentilicio.

Hablamos de comunismo, de dictadura, de que el mundo se acaba mañana, pero basta con recorrer las playas, los centros comerciales, los aeropuertos, para darnos cuenta que vivimos dentro de algo que hace mucho tiempo enloqueció.

No tenemos un país, lo que hay aquí es un cúmulo de telarañas ideológicas atrapadas en un cuerpo social absolutamente amoral, donde aquello que hace grande a las naciones, simplemente no existe, o es tan incipiente que termina arrastrado sin clemencia por la ola de lo que predomina, un mundo sin cabeza, una especie de entelequia amorfa desbordante en emociones pero carente de razón, sin brújula, sin dirección aparente.

¿La oposición? ¿Qué cosa es eso?

Los partidos políticos han hecho un triste papel en toda esta historia. Más que partidos, son movimientos electorales vociferantes, repetidores circunspectos de lo cliché, buscadores de un poder efímero que es ridículo ante la montaña de problemas que nadie aborda con seriedad, aquí todo parece solucionarse con proclamas bobaliconas, se pretende navegar el Atlántico con un barquito de cartón.

Es imposible que salgamos de este mundo incalificable, más parecido al Lejano Oeste que a un país, a menos que se comience a confrontar los fantasmas que nos acechan con valor e inteligencia, con voceros calificados capaces de dibujar un futuro claro de lo que podríamos ser, más allá de una proclama populista que en nada se diferencia de todo lo que ya conocemos y seguimos padeciendo.

(El Universal 2009)

Escrito tras el referendum inconstitucional que dio al traste con el principio sagrado de la alternancia en el poder.



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