La carta de Ivana Simonovis hace reflexionar sobre la bondad y la maldad.
Una niña, bella como las flores, escribe una misiva pidiendo sol para su padre, luz a las sombras que se lo chupan. Una niña que tiene una madre igual de hermosa, quien no ha descansado en su lucha por la justicia, ni un solo minuto de cada año eterno que su marido ha perdido, estafado por una condena absurda; porque nadie en esta vida merece estar preso por haber cumplido con su deber.
Muchos hoy respiramos gracias a Simonovis, que salió ese día a las calles, en cumplimiento de su obligación policial, a proteger a la ciudadanía de una situación donde el orden público estaba comprometido y balas asesinas volaban por los cielos, jugando una ruleta rusa con los incontables venezolanos que ese día reclamábamos nuestro derecho de vivir en paz.
Esta niña tenía cinco años cuando su padre fue signado y decir que hoy tiene quince es obviar lo que reflejan sus pensamientos
No se siente odio, ni siquiera rabia. Es una carta dolorosa, bañada de sabiduría, donde debería haber amargura lo que se palpa es la dulzura que brindan las almas superiores.
Lo que pide esta “niña” es lo que todo ser humano merece por el hecho de estar vivo: justicia, eso y más nada.
A los destinatarios a quienes dirige su súplica, lean en esa carta a sus propios hijos, véanse reflejados. No es por los huesos arenosos de un hombre que se apaga; harían justicia para salvar sus propias almas. Porque negar la petición de Ivana Simonovis es negar la humanidad que hay en ustedes; es volverse prueba viviente de lo que sucede cuando los hombres deciden ser una mueca, evidenciando que la maldad existe y que el infierno es un producto humano.
Escuchen a Ivana, no se extravíen en el laberinto de la nada, háganse justicia ustedes mismos.
05 febrero, 2012







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