Como todos los días, Alexis se preparó un café y leyó la prensa. El coronavirus arreciaba, pero él no estaba convencido de que se tratase de un virus tan peligroso. Era terco con su hipótesis: es un complot de los chinos para destruir a la civilización occidental. A este sujeto no le interesaba la lógica del argumento. Él solo intuía que los chinos son malos y maquinadores.
Se bebió su café y apagó el laptop. Caminó de un lado a otro, de la cocina a la sala, de la sala al comedor y luego a la habitación y otra vez a la sala. Y así llegó a la conclusión: necesitaba algo de cine.
Su edificio no es tan grande, son doce apartamentos en una torre (A) y doce en la otra (B). Y él vivía en el Penthouse, por lo que gozaba de privilegios, como ser propietario de un potente telescopio ubicado en la terraza, cerca de donde colgaban sus calzoncillos y demás prendas que se valen del sol para secarse.
Empleaba ese espacio para broncearse y hacer ejercicios: trote suave, veinte vueltas, unas cuantas flexiones y tres series de cuarenta abdominales. A su edad no se quejaba de achaques. A pesar de rozar los setenta, el espejo era bondadoso y le decía que él estaba fit. Ese reflejo sellaba la confianza en su psique. Inflaba el pecho y sus ojos disparaban chispas de refritos mentales augurando momentos hot.
En el tendero colgaba la jaula de Paco, el loro que amaba el peligro y solía colocar su vida en la cuerda floja. Era perspicaz y picarón. Si Alexis usaba el telescopio, el loro emitía sonidos eróticos, como si leyera los pensamientos de su amo y se hiciera eco de los mismos.
El telescopio apuntaba hacia la ventana de la vecina Katty, en la torre B. Esta rubia platinada y voluptuosa está casada con Francisco Márquez, connotado banquero de los bolichicos.
Y esa noche Katty estaba muy aburrida.
La cuarentena le tenía al borde del suicidio. Su marido gozaba de un salvoconducto diplomático y podía hacer lo que le viniera en gana. Y era egoísta. No invitaba a Katty a sus contínuas reuniones de emergencia con los gerentes de la empresa y algunas tenían lugar en la isla de Barbados, otras en Los Roques y lugares así.
Entonces Katty se quedaba solita y los minutos se convertían en horas y el tiempo se hacía pesado. La ociosidad es la madre de los vicios y Katty no era precisamente una lectora de los clásicos. Mas sí se podía decir que era algo creativa con lo que tuviera a la mano. Y esa creatividad le sirvió para hacer sus sueños realidad, como salir de aquel antro de Sabana Grande y terminar en un piso lujoso de La Castellana.
Todo comenzó como era usual y los sucesos que causaron la tragedia ocurrieron muy rápido.
Katty despistaba el fastidio con la disciplina masturbatoria que le hizo toda una campeona. Y esa noche se daba ánimos con la película de Oliver Stone donde Aquiles es Brad Pitt.
La dama parecía un caimán sufriendo un ataque epiléptico. Estaba inspirada, ¡vaya talento gimnástico!
Y entonces ocurrió.
Sintió cosquillas en la espalda. Era paranoia, un miedo repentino e intenso, tanto que logró expulsar a the sexiest man alive de la habitación. Un fantasma le acechaba, sigiloso, amenazante.
Encendió las luces y nada. Miró debajo de la cama y nada. En el armario y nada. ¿Será una rata?
El pavor no se hizo esperar y lo sentía en los latidos de su corazón, que amenazaba con explotar y hacer añicos la obra maestra del doctor Bello, un genuino Miguel Ángel que en sus años mozos seguro fue coleccionista de Playboy Magazine.
¿Por qué siento esto? Alguien estaba allí… y la observaba a ella.
Entretanto, Alexis le exigía silencio a Paco. Aquel loro parecía miembro de Mensa. Todo lo comprendía rápido y esa noche se puso muy ingenioso. Alexis, su humano, disfrutaba de una noche maravillosa. El telescopio ofrecía imágenes suculentas y en alta definición. Era como un film de Hitchcock, pero XXX y en su propia azotea, en vivo y directo, como en los autocines ochentosos.
Shh….shhhh… ¡silencio!!!
Y Paco no obedecía Shhhh… ¡cállate pajarraco de mierda! Y Paco nada…
Abajo, en su apartamento, Katty regresaba al cuarto, esta vez con un palo de escoba. Y entonces captó el porqué de aquel miedo fantasmático que saboteó su divino amorío con el ex marido de Angelina Jolie.
La ventana estaba abierta de par en par, como para evitar que el vidrio se empañase con sus vaporones cinematográficos. Fue esa circunstancia la que le permitió resolver el acertijo.
No era una rata la que se escondía en su habitación, al menos no un roedor común.
Primero entraron las plumas por la ventana y al asomarse vio como un loro decapitado se precipitaba al pavimento. Al elevar la mirada, lo divisó. Era el gordito del Penthouse A, ese baboso que nunca escondió su naturaleza. El telescopio podía alcanzar las estrellas, las galaxias y todos los cuerpos celestes… y también universos menores, el de los cuerpos de carne y hueso.
Katty al fin comprendió.
El espionaje y su paranoia no eran de mentira. El ojo de aquel aparato no engañaba. El direccionamiento era preciso, en línea recta descendente, aterrizando en el punto preciso de su cama, al espacio de los pecadillos, como los de días atrás, aquella tarde que le pidió a su plomero, el señor Calixto, que le revisara otro tipo de tuberías.
En un primer momento Katty se indignó. Mas, el pudor le duró poco.
Ella siempre soñó con ser una artista de Hollywood. Y ahora en cierta forma podía convertirse en actriz. No reparó en el absurdo de semejante elucubración. Ella era toda una intérprete consumada, brindando grandes escenas a un director ansioso de posturas y gozos.
Y arriba, pese a ser descubierto con las manos en la masa, Alexis no se detuvo. Y como todo en la vida es energía y la energía no muere sino que se transforma, el descaro de este sujeto captó las señales que emitía Katty en cueros y su mirada se hizo de fuego. Fue entonces que vino a su memoria la libreta de la cocina.
Semanas atrás cuando sacaba la basura le había pedido el número a Katty y como no tenía el celular a la mano lo anotó en esa libreta que por casualidad llevaba en el bolsillo. Su excusa para acercarse a la dama fue un asunto de vecinos que involucraba a la vieja del 7A, su perrito ladilla y el poblema de los desechos orgánicos que este sembraba por todas partes en las áreas comunes.
El número de Katty, allí, en la libreta de pajaritos y flores. Bajó corriendo y casi se tropieza con los escalones. Marcó y escuchó la voz de sus fantasías libidinosas. Hablaron, fue rápido.
Él lo sabía. Cuando compró el telescopio supo que le traería suerte. Por fin las noches de prácticas solitarias se terminaban.
Seleccionó su mejor camisa y se roció el cuello con la fragancia de Antonio Banderas que le volvía irresistible. Al menos eso se repetía a sí mismo como un mantra mientras esperaba al ascensor. ¿Será la vieja del siete que lo tiene en stop? ¿Por qué no sube?
Iba a usar las escaleras, pero se arrepintió porque el aroma del perfume masculino se diluiría con el sudor.
No llegaba. Esa vieja del coño…
Ding dong. Se abrió. Y en lugar del espejo, Alexis se topó con un par de moles humanas con rostros poco amigables.
No tuvo tiempo de nada. En un abrir y cerrar de ojos sucedió todo.
La ventaja de estar unida en matrimonio con un enchufado son los perks del paquete. Los tipos eran sus guardaespaldas y otras cositas también. No solo el señor Calixto aliviaba sus calores. Estos tercios eran los perros guardianes de Katty y mucho más.
Alexis fue lento en su comprensión sobre las cosas de la vida. Tenía que haberle hecho caso a su madre y quizás los sucesos hubiesen dado un giro diferente: muchacho, cuídate del karma…el karma existe, pórtate bien.
Las montañas con pies no necesitaron llaves. Con dos patadas irrumpieron en el apartamento, llevando a rastras a su propietario, como si este fuera un saco de papas.
Subieron a la azotea.
La cabeza de Alexis se abrió como una patilla y fue el espacio justo para el telescopio, que era de otro color pero se tiñó de rojo, como el big bang de una estrella.
La jaula del loro colgaba en el tendero junto a los calzoncillos de Alexis. Tenía las rejillas abiertas y unas cuantas plumas esparcidas. La noche seguía iluminada, la luna estaba grande y llena.
Abajo, asomada a la ventana, Katty observaba encantada. La distancia no era problema para su visión 20/20.
Los multidisciplinarios guardaespaldas levantaron lo que parecía un muñeco de trapo y los segundos sabían a gloria. Mas esta vez no fueron plumas volando por los aires, ni tampoco un pobre loro decapitado.
Quien volaba era Alexis, el vecino quesúo que semanas atrás, el muy descarado ese, le pidió su número de celular: para contactarte en caso de que la perrita de la vieja del 7A vuelva a cagarse en la zona de la piscina y las canchas; y tú y yo tengamos que hacer algo para resolver el asunto.







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