Es un hombre decente, pero esconde un secreto. Y hoy las cosas serán distintas.
¡No más miedos! ¡No más noches en vela! Hoy sí se atreverá. Saca del closet la chaqueta de cuero que él mismo diseñó en una tienda de París. Se echa agua en el rostro, se da unas palmaditas, se seca y rocía una gota de Ives Saint Laurant detrás de cada oreja. Frente al espejo aprecia lo que ve. La soledad aún no le ha ganado la guerra.
Baja hasta el garaje. Arranca la moto picando caucho, sin casco. La máquina es poderosa, la Ducati que compró en Milán. El motor ruge como un león hambriento.
Al rato se despide de Francia. La velocidad para él es una conquista y siente que vuela. La modorra de la tarde es cosa del pasado. Doscientos setenta y siete kilómetros por hora. ¡Libertad!
El viento aplasta sus mejillas y la nariz se disuelve como si fuera de agua. Su meta es arribar a Ginebra antes de las doce: el Bar del señor Doumont.
Las rayas del asfalto se desvanecen y las montañas lucen como fantasmas danzantes, mientras su rostro se convierte en un hielo seco. Coge las curvas como si los peligros fueran de mentira. En su mente se proyectan imágenes que le evocan memorias felices. Todo un festín sensual de adrenalina. En su corazón los latidos son tambores y sus neuronas danzan en carrozas de samba. Y entonces ocurre la magia y alcanza el éxtasis. Es joven otra vez.
A lo lejos Suiza comienza un striptease de luces y edificios. Los dardos de sus recuerdos se le clavan en la frente: Patricia, Ornella, Susana… muchas hembras en su cama. Moto, cielo y velocidad… una alquimia que erotiza al aire. Grita de placer y las estrellas sospechan que alguien se escapó del manicomio.
Llega… once y media pm.
Aparca en el puente para apreciar el chorro del lago Lemán, que desde allí engaña, pudiendo ser el humo de un cohete iniciando el despegue. Hace frío y ahora en calma sus dientes rechinan y sus labios están morados. Da unos pasos hacia el edificio Rólex, el Bar está en la esquina…
¿Cuántos años han transcurrido? Su mente saca el látigo y él intenta esquivarlo sin éxito: allá vive ella y seguro que nunca olvidó. El estómago le da patadas y le exige cobardía, mas es su voluntad la que gana la partida.
Tres, dos…
… cigarrillo, copas y voces difusas que se cuelan en el aire… es la atmósfera de su juventud. Del techo cuelgan las copas y los vasos, mientras las luces pintan a la gente de azul y rojo. Se acerca a la barra y la barwoman es tan sexy que insulta.
Intercambian un puñado de palabras y la muchacha le señala la escalera de caracol, porque el diminuto ascensor fue descartado por él. Comienza a subir y cada escalón le produce dolor. Se siente pesado y viejo, como si el cuarto al que se dirige fuera una cima que no está arriba, sino abajo, en el infierno.
Tercer piso… la habitación está al final de un pasillo interminable. La luz del único bombillo prendido causa un efecto tenebroso que es idéntico a su sentir: las penas del pasado resucitan y el miedo expide humos tóxicos que adoptan las formas de los dibujos del papel tapiz, en unas paredes que le comprimen cada célula de su cuerpo.
Sola, ella está allí sola… tan sola y postrada en esa silla de ruedas que a él le ha robado tantas veces el sueño… la silla de sus pesadillas recurrentes… la silla maldita que le tortura y le grita que la felicidad no es para él.
Y aquí en el bar del señor Doumont la pesadilla es real y está paralizada de los pies a la cabeza, excepto un dedo de la mano y esos ojos verdes de mirada honesta.
Él se sienta al borde de la cama… silencio, silencio que se escucha como un grito de horror… silencio.
Toma su mano y la besa como a una flor. Ella le responde con sus ojos. Le acaricia el cabello sedoso, ondulado… y no la mira, pero sí la observa. Son diez años; han transcurrido diez desde la última vez…
Se levanta hacia la ventana. Al fondo aparece de nuevo Le Jet d’eau, el chorro gigante que fluye como sus penas. Siente en el pecho una cueva con ecos que retumban con sonidos horribles. Le cuesta respirar y la cobardía se impone: no puede confrontar su mirada y cuando por fin se atreve ella no está.
Las explicaciones no son necesarias. ¡Qué tonta decisión!, ¡qué impulsiva! Soy un idiota… he debido quedarme en casa.
En el vacío de sí mismo la habitación de la mujer es un pantano que se lo traga. Saca de su chaqueta el pañuelo para secarse una lágrima que lo confiesa todo. Más que lágrima, es una historia.
Regresa a la calle, camina varios pasos, se da la vuelta y alza la vista hacia la ventana para reencontrarse con esos ojos, los más hermosos del universo. Segundos, un minuto tal vez y el hombre no lo soporta más.
Ya en el puente arranca la moto sin prisa y da una vuelta a la diminuta ciudad, como si esta fuera el último círculo de Dante.
Acelera y coge la autopista hacia Francia. El rostro de la mujer toma el control: aroma, tristeza y condena… lágrimas que le flagelan mientras se pierden en el viento. Y el vampiro se despierta. Este demonio tiene una vida usando un gotero, vertiendo su veneno. Y hoy le echó el resto.
Hay un precipicio y viene una curva, pero el hombre decide que sea recta.
Fue su beso de despedida.







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