RESUMEN: El “Realismo” y la “Metaficción” funcionan como métodos para exponer el desarraigo y lo ilusorio – ficticio – que es la realidad. Alberto Barrera Tyszka, en su novela Patria o Muerte, utiliza la Metaficción para desnudar la fabricación de una realidad que responde a intereses políticos e ideológicos, que, en su intento de totalizar el pensamiento colectivo, erige una sociedad que se apoya sobre la fantasía, la mentira y la ilusión. Así mismo, con los autores que desarrollan la “Narrativa del desarraigo”, se puede palpar cómo este tipo de sociedades estimulan la violencia, la fractura identitaria, el miedo, la reclusión, el exilio, el insilio y la soledad.
Palabras clave: Realismo, Metaficción, Desarraigo, Exilio, Insilio, Extrañeza, Soledad, Realidad, Ficción, Ilusión.
Realismo y Metaficción
Patria o muerte es una novela publicada por el escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka (2015). La misma plantea una suerte de “Realismo real”[1]. Su temática se concentra en el contexto de la Venezuela del siglo XX, país que sufre un descalabro en sus bases constitutivas. Es esencialmente una crónica de los últimos meses de la vida de Hugo Chávez y la atmósfera que se creó, cubierta por una nube de rumores y chismes.
Su enfermedad fue un enigma que contagió a los venezolanos: “El país era nuevamente una sala de espera, un pasillo de hospital donde se juntan los rumores y las preguntas (…) la curiosidad siempre es obsesiva” (pp. 46, 57).
El conjunto de esta crónica novelada, o novela en estilo de crónica, es construido con personajes que caracterizan aspectos específicos de la sociedad que vivimos y ciertos dramas existenciales como el desarraigo, la búsqueda del destino fuera de las fronteras, el miedo a la violencia urbana, el fracaso de los proyectos vitales, la crisis económica y la soledad: hallamos al chavista negado a aceptar que “la revolución” es una farsa:
“La revolución es una droga dura, una suerte de estimulante ideológico, una muestra de regresar a la juventud” (p.43); al “escuálido”, que se opone al “proceso”; las “sifrinas”, que, escondidas tras sus máscaras de prejuicios, no se diferencian de lo que critican; la madre atemorizada por la inseguridad, convertida en víctima de sus miedos; la niña que no le ve sentido a la vida adulta; los agentes cubanos, con acentos y lentes oscuros; los invasores de la propiedad privada y las ansias revanchistas de sus víctimas; los pobres que se vieron retratados en Chávez: “Al final, yo lo amo porque él es pobre y feo como yo. Y mira dónde está, mira dónde llegó. Él es el único que ha hablado por nosotros” (p.167).
El hilo que sostiene la obra es una caja de tabacos “Montecristo” (Idea que utilicé siete años antes en mi novela Cicatriz—2008—, incluyendo la misma marca de Habanos), que esconde un misterio sobre la enfermedad de Chávez, hecho a sí mismo como un personaje de ficción: “Chávez era un productor televisivo extraordinario. No descuidaba nunca un detalle. Había logrado construir un personaje de éxito descomunal y no permitía que nada o nadie afectaran ese éxito. Ni siquiera la naturaleza.
Ni siquiera el cáncer” (p.124). Cada diálogo es un compendio de las conversaciones típicas que se tienen en la cotidianidad, nuestras angustias; las tragedias que vivimos y presenciamos. Barrera dibuja un retrato de la corrupción, los guisos del gobierno (alimentos podridos de Mercal), las familias rotas por desencuentros ideológicos y el desarraigo, simbolizado con la soledad de la niña María y su vínculo con el mundo externo, solo a través de la internet.

Igualmente, con el exilio, que no siempre es la solución anhelada: “Le contó también de su huida a Miami, de su fracaso en Miami, de su regreso al país con la cabeza gacha y la autoestima en el subsuelo (p.94).
Patria o Muerte también es una obra que sirve para la reflexión sobre el fenómeno carismático —“el carisma no se improvisa” (p.127) — y la naturaleza del poder:
Más allá de la gran industria que Chávez había desarrollado para promover el culto a su personalidad, tenía que haber alguna razón, aunque fuera un motivo vago y enigmático, que pudiera explicar el hechizo (…) El líder carismático debe buscar espectador en su afán de combatir su vacío interior, debe inflamarlos con su fervor, y arrastrarlos a su mundo imaginario[2] de poder absoluto. (pp. 78,122).
Se extiende generosamente en consideraciones psicológicas sobre los personajes que se creen ungidos por la providencia y retan a la muerte, incluso juegan con ella:
Tal vez, el gran triunfo de Chávez consistía en haber consolidado su voz como fundamento del poder, como eje de la sociedad. Había creado el Estado parlante, que también era, además, un Estado eclesial. Todos repetían las palabras del mesías. Era una estructura perfecta porque era un ejercicio voluntario y jubiloso de sometimiento. No había preguntas sino entusiasmo. Mucha fe. Devoción ciega. Chávez forever. (p.89)
La obra suena como un estudio sociológico de la Venezuela profunda y el drama de la miseria extrema y las desigualdades sociales:
Carmen agarró un vaso y fue a la nevera a servirme, pero, y aquí viene lo bueno, la dueña de la casa le dijo que no, que en ese vaso no. “Esos son los nuestros”, le dijo. Yo vi el vaso y era un vaso de vidrio, normal, no tenía nada distinto. (p.166)
Los personajes y temas son tótems de los rasgos que definen estos tiempos venezolanos. El autor lleva las tipologías al extremo, presentando sus personajes como caricaturas, como sucede en el caso de las mujeres contratadas por una propietaria para desalojar a un inquilino recalcitrante. Las descripciones de sus fenotipos, actitudes, léxico y conducta son cortadas por la tijera de lo estereotipado y las escenas lucen ficticias:
Sus nombres: Virginia, Mildred y la Tierrúa (…) Era la mayor. Era también la más gorda. Pero no parecía importarle demasiado. Llevaba un pantalón de lycra de color azul, pegado hasta la cintura, y una camisa sin mangas, estrecha y breve, que a duras penas arropaba sus senos.
Dejando al aire una barriga oronda, generosa (…) también pensó que tenía facciones indígenas. Supuso tal vez que sería campesina o medio campesina (…) La Tierrúa la fue a buscar a la calle y la saludó con cinismo (…) tenía tres aros en la oreja izquierda y un tatuaje en la mano izquierda.
Mascaba chicles y usaba boina de color verde oliva. Parecía agresiva, nunca dejaba de observarla con desdén. Las tres eran morenas. ¿Por qué usó la palabra “morena»? ¿Por qué no dijo negras? ¿Eran morenas o negras? ¿Cuál era realmente la diferencia? (pp.144-145)
Esta narrativa de Barrera se inserta dentro de una tradición literaria venezolana, muy propia de escritores de ideología izquierdista, que tienen la propensión de fabricar estereotipos y difundir la idea de un país signado por el racismo y el clasismo. En este sentido, refiriéndose a libros que se apartan de dicha tradición, el profesor Luis Marín (2014) afirma:
La nueva narrativa implica no aceptar el lenguaje del opresor, por tanto, rechazar el discurso clasista que impone una visión de la sociedad como si estuviera dividida en clases antagónicas; el racismo, incluyendo esa imagen de Bolívar que lo representa como si hubiera sido un mulato cubano; el apelativo “bolivariano” adosado a todas las instituciones públicas; así como los símbolos patrios con ocho estrellas o el caballo puesto al revés, que son parte de la simbología colonialista cubana[3].
En Patria o muerte, su autor no logra desprenderse de esos atavismos, fabricantes de estereotipos. La obra está salpicada de lugares comunes. En este sentido, Guzmán Toro (2016) afirma:
Patria o muerte es una novela cuya trama a momentos parece inconexa, con una pobre elaboración psicológica de los personajes, plagada de lugares o situaciones cotidianas, como las que frecuentemente invaden las redes sociales (…).
La novela pareciese condensar esa legión de rumores en 246 páginas que producen una sensación similar a una mala película que se contempla hasta el final para evitar la pérdida del dinero invertido (…) Barrera se apropia de convencionalismos que son expresión de un maniqueísmo[4] político muy acentuado en Patria o muerte, y existiría una especie de estética que sería expresión de ese maniqueísmo, fundamentado no necesariamente en lo simbólico, que incluiría el uso de un determinado tipo de color o consignas, sino en el fenotipo que identifica a los personajes[5].
Además, la obra adolece de errores de edición, que hacen que existan aliteraciones involuntarias, en frases como: “él mismo hablaba, de la misma manera”[6] (p.80): “; repeticiones de la misma palabra en dos líneas seguidas: “(…) una nueva contienda electoral… el día del cierre de la campaña electoral”[7] (p.88); y diálogos como el que sigue:
“Yo creo que sí es para ti, —dijo ella—
Es obvio que alguien te está llamando— dijo ella
¿No será algo importante? —Preguntó ella”[8] (p.72)
Pero quizás el rasgo más cuestionable del libro sea la insistencia en crear una atmósfera claustrofóbica, que muestra el retrato de una sociedad plagada de complejos y resentimientos, sin mostrar ningún atenuante que permita alguna ecuanimidad en el análisis. Aprovechando la enfermedad del caudillo Chávez y el clima de incertidumbre que rodeó su muerte, Barrera Tyszka hace la radiografía de Venezuela, pero sin matices equilibrados.
Patria o muerte es la obra de un periodista narrándonos una historia real, que para hacérnosla entretenida incluyó personajes ficticios, logrando una narración que parece, más que una novela, un artículo de opinión de algún periódico local.
El jurado que le concedió el premio mencionó “la valentía que demuestra el autor al desarrollar un tema polémico políticamente, en un país ahogado por la censura”. Tomando en cuenta que el autor coqueteó con el chavismo, al punto de escribir una biografía de dicho personaje, y que está exiliado en México, no sabemos hasta qué punto ese adjetivo sea el que mejor se le ajuste a este ensayo de Barrera.
La novela de Barrera Tyszka es una obra “metaficcional”. Su crudo realismo es una ironía: “Esto no es una revolución, esto es solo un simulacro” (p.245). Usando el realismo en su narrativa destapa la ficción que termina siendo la realidad.
Algunos personajes perciben esta ficción y se incrustan en lo supuestamente verdadero, pero se topan con más ficción: “Pero te equivocas: todo es ficción, incluso la realidad” (p.30). En el universo metaficcional de Patria o Muerte la más cruda realidad a veces solo puede entenderse a partir de la ficción, mostrando el engaño y la manipulación como formas cotidianas de dialogar entre la política y la sociedad.
En El Placer del texto, Roland Barthes cita a Friedrich Nietzsche: “La verdad no es sino una ficción, un efecto del lenguaje y, al mismo tiempo, una invención del ser humano (…) La realidad es una metáfora solidificada por el tiempo”. El realismo meta ficcional, utilizado en la Literatura, sirve como método para exponer el desarraigo y lo ilusorio —ficticio— que es la realidad. La Metaficción[9], significa esencialmente ficción sobre ficción, la literatura reflexionando sobre sí misma. Reiteramos, en Patria o Muerte, el autor se vale de la realidad de Venezuela para desnudar la ficción que se vende como realidad: “Pues te equivocas. Todo es ficción, incluso la realidad” (Barrera, 2015, p.30).
La Enfermedad de Chávez se maneja como un cuento de misterio, y todos los discursos del tirano son tratados como un libreto televisivo —“el carisma no se improvisa” (p.127)—, maquiavélicamente elaborado para engañar al pueblo incauto: “(…) La historia nace del relato. La fantasía es nuestra estadística. La fabulación tiene más poder que los hechos” (p.113).
Así mismo, de los principales rasgos metaliterarios del libro de Barrera Tyszka es el tener a la Literatura como tema. El personaje central, Fredy Lecuna, es contratado para escribir un libro sobre la enfermedad de Chávez, que en sí misma, como dijimos, es un cuento misterioso. Para acentuar el carácter metaliterario de su obra, recordemos que el mismo Barrera Tyszka fue contratado para escribir una biografía de Chávez: Hugo Chávez sin uniforme. Una historia personal, por lo que se hace cuesta arriba no ver en su personaje literario fuertes rasgos autobiográficos: “Era una idea simple, directa, luminosa: la solución a todos sus problemas era escribir un libro” (p.27).
“El Chávez iracundo, grosero, autoritario y caprichoso, se desvanecía dando paso a un nuevo personaje de ficción, a un fetiche” (p.195). Se trataría de un cuento sobre otro cuento, que supuestamente es periodismo sobre la crónica periodística, que narra la historia de la enfermedad, en la supuesta realidad: “¿Era acaso posible separar la historia de la televisión? Bastaba pulsar un botón para encender o apagar la realidad, o aquello que algunos pensaban era la realidad” (p.155). “Los periodistas no repiten noticias. Los periodistas cuentan historias” (p.75).
La Literatura, en Patria o Muerte, continuamente habla sobre si misma: “Todo el mundo quiere escribir un bestseller (…) y comenzó a hablarle sobre el gran éxito de mercado que, últimamente, habían tenido algunos libros de periodismo” (p.28).
Otro recurso metaliterario que usa Barrera Tyszka, es la mención, en su supuesto libro de ficción, de libros de otros autores, como Erika Leonard, que “había conquistado un éxito desproporcionado, tan detestable como envidiable para cualquier otro escritor” (p.28), E.I. James, Juan José Becerra, quien, usando un seudónimo, “se había hecho millonario escribiendo libros chatarra” (p.29), y cuyo ejemplo Barrera Tyszka emplea para acentuar la metaficción de su obra. Cuenta la anécdota de la editorial que se vio obligada a contratar a un actor para que viajara por el mundo firmando los libros de Becerra y. en un giro a lo Rosa Púrpura del Cairo de Woody Allen, o Charlie Kaufman en su guion de Being Jonh Malkovich, se creyó su propio cuento y terminó viviendo su existencia creyéndose escritor y viviendo esa vida.
Barrera Tyszka también incluye autores venezolanos que desarrollan los temas que el autor trata en su libro: Chávez, el carisma y los mitos: La revolución como espectáculo, de Colette Capriles; La herencia de la tribu, de Ana teresa Torres; La revolución sentimental, de Beatriz Lecumberri y El Estado descomunal, de Margarita López Maya.
Así mismo, otra estrategia metaliteraria que adopta Barrera, consiste en la técnica cervantina de poner a un personaje ficticio a reflexionar sobre su propia realidad ficticia. Refiriéndose a sus personajes “Tatiana y su hijo”, Barrera Tyszka, como narrador omnisciente, escribe: “Por un momento, les cruzó la fantasía de que, por algún error de la narración, había ingresado a otro cuento, a una historia que no era la suya” (p.178).
Esta técnica trae a la memoria a Don Quijote, cuando en la segunda parte del libro se refiere a su propio personaje distorsionado por la pluma de Avellaneda. También, imposible de obviar, a Miguel de Unamuno, quien en su novela Niebla, se inserta él mismo en la historia para asesinar a su protagonista. Es una técnica usada por muchos autores, entre ellos: Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Enrique Vila Matas, Philip Roth y Bret Easton Ellis.


La puta y maldita vanidad de los escritores. Son peores que las actrices de televisión, ¿sabes? Hablan todo el día de sí mismos, de lo que escriben o no escriben, de las dificultades que tienen para escribir. De lo que piensan, desean o sueñan escribir. De la nueva idea que tienen. De lo que se les acaba de ocurrir. De lo que tratan de escribir, pero no pueden, no les sale…” (Barrera Tyszka, 2015, p.135).
Desarraigo como efecto de la realidad metaficcional
En Venezuela, los últimos veintidós años han estado signados por la fractura de la sociedad, donde ha prevalecido una cultura cada vez más apartada de los valores humanos respecto a la familia, la honestidad, el trabajo y la propiedad.
El desmoronamiento de estos valores ha borrado las certezas, provocando un clima de incertidumbre colectivo, que en el plano individual se traduce en desconfianza hacia el otro —“Ten mucho cuidado.
Los demás son un peligro” (Barrera Tyszka, 2015, p.37)— y la necesidad de crearse una suerte de burbuja personal para poder sobrevivir. Este desarraigo estimula una propensión al “insilio” y al exilio, que dejan cicatrices visibles en la psicología nacional: “Estaba en el país equivocado, en el jueves equivocado, en la vida equivocada” (p.34).
La Literatura ha recogido este sentimiento. La “Narrativa del desarraigo” es el efecto de vivir una realidad tan extraña que se vuelve ficción. La Metaficción es un método literario de expresión de esta realidad, que se ha hecho ficcional en un mundo controlado por los medios de comunicación y las redes sociales.
Las fronteras entre lo que es un Fake News y una noticia real se difuminan: “deseando que la misma pantalla le susurrara el camino” (p.52), y lo que queda es confusión y suspicacia. Se hace prácticamente imposible distinguir qué es realidad y qué es ficción: “La única manera de sobrevivir a la mentira era mintiendo más” (p.133).

En Patria o Muerte, Barrera Tyszka refleja esta ausencia de valores humanos y desarraigo a partir de los personajes que invaden propiedades ajenas, que hacen de la invasión un negocio: “(…) habían participado antes en varias tomas, dirigiendo a distinta gente en algunas de las invasiones populares que se habían registrado en los últimos años en la ciudad” (p.144).
También se refleja esta ausencia de valores en los mismos propietarios, que recurren a prácticas salvajes y deshonestas para lograr la justicia que no pueden alcanzar por métodos institucionales: “La única salida es que usted entre por la fuerza. Usted tiene que invadir su propia casa” (p.142). El engaño es un recurrente en esta novela: Todo es mentira, desde la mitología creada por Chávez (un cobarde que se vende como redentor revolucionario), hasta los funcionarios que le pagan cien mil dólares a un escritor para que se invente una Fábula sobre Chávez y la venda como biografía real:
La idea era mantener todo igual, en el mismo plan, con la misma editorial, pero escribiendo otro tipo de libro, en otra línea, una línea más acorde con los intereses de la revolución, con la defensa de la patria, incluso con la defensa de la propia vida y memoria del comandante” (pp.235-236). “(…) y todo esto debía ponerse en el contexto de un país en crisis, sin otra identidad que la incertidumbre (p.51).
En Residuos y cegueras: miradas desde una Caracas sitiada, Sandra Pinardi explica cómo los ciudadanos se aíslan y sus referentes son los fantasmas.
El miedo y la paranoia constituyen los elementos comunes, que identifican a los ciudadanos. En Patria o Muerte, la madre de María vive paranoica a causa de la delincuencia y no desea que su hija salga del apartamento, por miedo a la violencia urbana, que termina apagándole la vida: “Su madre no sabía qué hacer con el miedo. Lo único que lograba era contagiarlo” (p.37).
Pedro Luis Vargas, en Escritores y lectores: la ciudad y la identidad construidas desde lo fantástico en cuatro cuentos de Rodrigo Blanco Calderón, expone cómo la imaginación y lo fantástico, los referentes literarios, sirven como reemplazo del vacío dejado por un país agresivo y arruinado. La realidad es tan opresiva y deprimente, que los venezolanos intentan salvarse con los referentes ficticios, para hallar alguna Identidad. En Patria o Muerte, los personajes tienen como refugio la mitología creada por un mentiroso (Hugo Chávez), un personaje ficticio:
Chávez era un productor televisivo extraordinario (…) Había logrado construir un personaje de éxito descomunal (…)” (p.124); que tuvo que inventar una épica para inventarse a sí mismo como el redentor: “Nunca había enfrentado un peligro inminente en una acción militar. Era un funcionario, no un guerrillero” (p.194); la voz de aquellos que nunca la tuvieron: “(…) nosotros no teníamos nada, no éramos nadie (…) Chávez me enseñó a ser yo y a no tener vergüenza. (pp.166-167)
En Ficciones diaspóricas: identidad y participación en los blogs de tres desterradas venezolanas, de Raquel Rivas Rojas; ¿Irse o quedarse? La migración venezolana en la narrativa del siglo XXI, de Luz Marina Rivas; y Blue Label/Etiqueta Azul, de Eduardo Sánchez Rugeles: una historia que cruza fronteras, de Katie Brown, las ensayistas exponen cómo los escritores venezolanos han ido creando una “Narrativa del desarraigo”, ofreciendo una visión descarnada de drama del exilio y del “insilio”, de la diáspora generada por la destrucción progresiva de toda posibilidad de hacer una vida normal en Venezuela. Diáspora que no presupone necesariamente la salida física del territorio nacional. Es tristeza, vacío y extrañeza: “Y sentí de nuevo el vacío, la vida también puede ser un vacío” (p.55).

Patria o Muerte puede insertarse en esta clasificación, ya que Barrera Tyszka desarrolla este tema del desarraigo a partir del exilio frustrado de su personaje Andreina Mijares, quien descubre que Estados Unidos no es el sueño americano que vende el cuento oficial, y debe regresarse a Venezuela, frustrada y con la autoestima hecha pedazos: “Le contó también de su huida a Miami, de su regreso al país, con la cabeza gacha y la autoestima en el subsuelo” (p.94).
También expresa este desarraigo a partir del “insilio” de la niña María, quien se encierra en su departamento y toda su realidad gira en torno a las relaciones que crea a través de su computador. El desarraigo también está reflejado en el desapego de las sifrinas respecto a la realidad del país, que observan desde una mirada desconectada y prejuiciosa: “Que era una extranjera en el reino de los pobres” (p.143).
Patria o Muerte es una novela que ilustra este universo, donde la más cruda realidad a veces solo puede entenderse a partir de la ficción, mostrando el engaño y la manipulación como formas cotidianas de dialogar entre la política y la sociedad.
Esta realidad aparente, ficcional, que la superestructura del poder intenta plasmar como verdadera, constituye una trampa peligrosa. Por eso el debate es esencial, para entendernos a nosotros mismos y al mundo que nos ha tocado vivir.
Trascendencia de la literatura y su rol en una ficción asumida como realidad
La Literatura venezolana, abordando estos asuntos, marca la pauta, al recoger un sentimiento que no se limita a nuestras fronteras, porque la soledad y el desarraigo son sentimientos compartidos por un porcentaje importante de la comunidad internacional.
La Literatura tiene un papel crucial que desempeñar ante este mundo de realidades aparentes, que la postmodernidad denomina “deconstructivismo”, y que consiste en minar el sistema de valores que permitió brillar a la civilización occidental, para levantar un nuevo mundo “utópico”, de seres humanos sin identidad definida ni sentido de pertenencia. Una “utopía” que, necesariamente, como toda “utopía”, deviene en distopía.
Se ha erigido una “civilización del espectáculo”, como la bautizó Mario Vargas Llosa, donde la prioridad es la diversión y escaparse del aburrimiento. Algo que en principio no es criticable, a menos de que se transforme, como se pretende, en un valor supremo, que todo lo banaliza con noticias fabricadas, donde predomina el cotilleo, los escándalos y la mentira.

Es importante que exista un debate sobre esta realidad ficcional, ya que es esencial para entendernos a nosotros mismos y al mundo que nos ha tocado vivir. La Literatura tiene un rol decisivo, ya que su margen de influencia sigue siendo elevado. Afirma Vargas Llosa (2012):
(…) porque nada aguza mejor nuestro olfato ni nos hace tan sensibles para detectar las raíces de la crueldad, la maldad y la violencia que puede desencadenar el ser humano, como la buena literatura. (…) Me parece posible afirmar que, si la literatura no sigue asumiendo esta función en el presente como lo hizo en el pasado – renunciando a ser light, volviendo a comprometerse, tratando de abrir los ojos a la gente, a través de la palabra y la fantasía, sobre la realidad que nos rodea-, será más difícil contener la erupción de guerras, matanzas, genocidios, enfrentamientos étnicos, luchas religiosas, desplazamientos de refugiados y acciones terroristas que se ha declarado y amenaza con proliferar, haciendo trizas las ilusiones de un mundo pacífico, conviviendo en democracia, que la caída del muro de Berlín hizo concebir (…) La literatura no solo servía para entretener, también para preocupar; alarmar e inducir a actuar por una buena causa. (pp. 217-219)
El ser humano del presente está marcado por la sensación de extrañeza de vivir en sociedades donde la persona tiende a perderse de sí misma, viviendo el absurdo. La existencia se desdobla en un laberinto de espejos, y lo que priva es el temor al otro y la necesidad de perderse a través de las vidas artificiales, a lo Kardashian, que se venden como las señales del éxito.
La Literatura venezolana ha abordado este asunto desde diversas ópticas. En su ensayo La vida derrotada. Parricidio y desarraigo de la violencia urbana en dos novelas venezolanas: “Jezabel” y “Guararé”, el profesor Argenis Monroy (2013) cita las trágicas palabras del filósofo Giorgio Agamben: “(…) una experiencia manipulada y guiada como en un laberinto para ratas”.
A partir de las novelas que analiza en su trabajo, Monroy expone al país derrotado, que llega al siglo XXI con la violencia tatuada en cada poro de su existencia. Refiriéndose a la temática de las novelas que trabaja en su ensayo, Monroy afirma:
Estos textos hacen una radiografía de la sociedad donde el crimen se gesta y distribuye. En ellas la ciudad y el barrio aparecen representados como los espacios hostiles por naturaleza en donde el sentido de la existencia se quiebra, la vida queda derrotada y solo hay posibilidad para el desarraigo y el parricidio. (p.141)
“En el fondo estaba cansado de la historia. Sentía que Venezuela era una mierda, un derrumbe que ni siquiera llegaba a ser país” (Barrera Tyszka, 2015, p.14).
Mujeres hechas de silicona son ascendidas al Olimpo. Sus boberías hipnotizan a la masa hambrienta de chismes. Los amos del hogar moderno son la hembra que fue varón y que ahora, como hombre, da a luz a sus hijos y ofrece amamantarles; concursos de flatulencias y el porno de toda clase y a cualquier hora.
No hay sinapsis que se salve. Es brutal el flujo mediático y la virtualidad, intensificados por Twitter, Facebook e Instagram. Cobra víctimas a diario, generando expectativas de imposible cumplimiento, que acarrean angustia y un sentimiento permanente de soledad.
En Venezuela, y en el mundo, existe en el presente un sentimiento de extrañeza, producido por una realidad que se aleja de los valores humanos. Realidad que en esencia es una ficción, controlada por la super estructura del poder para imponer su ideología.
Vivimos en un mundo que experimenta una profunda crisis de valores. El COVID-19 ha exacerbado estos sentimientos de extrañeza y soledad, que experimenta un alto porcentaje de personas.
En Venezuela, los últimos veintidós años han estado signados por la fractura de la sociedad. Ha prevalecido una cultura divorciada de los valores humanos respecto a la familia, la honestidad, el trabajo y la propiedad.
El desmoronamiento de estos valores ha borrado las certezas, provocando un clima de incertidumbre colectivo, que en el plano individual se traduce en desconfianza hacia el otro y la necesidad de crearse una burbuja personal para poder sobrevivir.

¿Existe la realidad?
Este desarraigo estimula el “insilio” y el exilio, que dejan cicatrices en la psicología. La Literatura ha recogido este sentimiento. La “Narrativa del desarraigo” es la prueba. También el empleo de la “Metaficción” como método de expresión de la realidad, que se ha hecho ficcional en este mundo controlado por los medios de comunicación y las redes sociales. Las fronteras entre lo que es un Fake News y una noticia auténtica se eliminan: “deseando que la misma pantalla le susurrara el camino” (Barrera Tiszka, 2015, p.52), y lo que queda es confusión y suspicacia. Se hace prácticamente imposible distinguir qué es realidad y qué es ficción.
La “realidad” es una noción que ha sido considerada en todas las épocas históricas de la humanidad, y todavía no se ha logrado un consenso con relación a su significado y alcance.
Son demasiados fenómenos implícitos, misterios sin resolver y que se transforman en mitos, religiones, rituales, arte y un sinfín de emociones individuales y colectivas que individualizan las percepciones y transforman la experiencia humana en un asunto de cada persona, en contacto consigo misma y con el entorno social del cual forma parte. Kant consideraba que cada quien proyecta al mundo exterior lo que lleva por dentro, la huella mental de sus ancestros y la amalgama de experiencias y aprendizajes que se van adquiriendo con la vida. Foucault, por su parte, habla del “orden del discurso”, y cómo las realidades parten del manejo que se haga de los signos comunicantes y las estructuras de poder que intentan mediatizarlos.
Nuestro universo es cada día más virtual. Somos bombardeados de entretenimiento y noticias. Aunque estamos interconectados en un mundo que se hizo pequeño y al alcance de todos, las relaciones interpersonales se distancian, convirtiéndose en un juego de apariencias, dentro de un laberinto de espejos digital, con nombres como Instagram y Tik Tok.
La Pandemia no ayuda. El encierro y la soledad forman una ola depresiva, el tsunami que sumergió en lágrimas y desesperación a incontables hogares. Pero la tragedia podría ser también una bendición. La tristeza puede activar la exploración del Yo, iluminando así la realidad de los otros.
Considerar la vida de los demás y procurar entenderla podrían ser efectos colaterales, emergiendo de las regiones exploradas de nuestro interior. David Foster Wallace (2005) afirma que aprender a pensar significa saber ejercer el control sobre cómo y qué pensamos.
Esto significa, sostiene el escritor, ser lo bastante consciente para tener la capacidad de elegir sobre qué fijamos la mirada y cómo construimos los significantes de nuestras experiencias: “Porque si no eres capaz de hacer este tipo de elección cuando eres adulto, estarás totalmente perdido”.
El autor de Esto es agua invita a comprender que cada persona tiene la libertad de escoger su propia realidad y, a partir de la misma, reinterpretar al mundo, saliéndose de los condicionamientos culturales, que nos empujan a sacar las conclusiones fáciles:
Pero la mayoría de los días, si sois lo bastante conscientes como para permitiros elegir, podréis escoger mirar de forma diferente a esa señora gorda, insensible y excesivamente maquillada que grita a su chico en la cola de la caja. Puede que ella no sea siempre así. Puede que haya estado tres noches enteras agarrando la mano de su marido agonizante de cáncer de huesos. (DFW, Esto es agua, 2005).
A partir de esta idea, se puede inferir que el mundo que vivimos no tiene una verdad final. Lo que vemos es una ilusión. Al igual que observando sombras podemos imaginarnos cualquier figura, así mismo ocurre con la realidad impuesta a partir de un consenso repetido en el tiempo.
Tal realidad es una ilusión, materializada como significante del mundo. Pero esta cualidad de significante no le resta su esencia arbitraria. Toda persona tiene la capacidad de rebelarse contra ese consenso y visualizar el mundo con ojos diferentes al significante asumido por la mayoría.
Wayne Dyer afirma: “If you change the way you look at things, the things you look at, change”[10]. Con el postmodernismo y su afán deconstructivista los significantes cambian. Las percepciones comienzan a modificarse. Desde el sexo, que trasciende ahora lo masculino y femenino, hasta la noción de familia, son significantes manipulables. Al ser impuestos por las superestructuras del poder (los dueños de las redes sociales, de Amazon, de Hollywood, de los periódicos del “establishment”, etc.), comienzan a volverse “la realidad”. Con los Fake News ocurre igual.
A diario, millones de personas están expuestas en las redes sociales al bombardeo de noticias fabricadas. Se asumen como verdaderas y constituyen la “realidad” de sus consumidores. Si la “realidad” no fuese plastilina, sería imposible evolucionar. Todavía estaríamos encendiendo fogatas dentro de las cavernas.
Pero el encadenamiento platónico se torna orgánico en el ser humano, lo que dificulta la aceptación del espejismo. No es fácil asimilar que la realidad es una ilusión, proyectada por una mente encadenada en un mundo de sombras, viviendo una ficción, burda imitación de otras imitaciones. Reconocerse actor, en el gran teatro de los sueños, es poco menos que traumático.
Pensad sobre el viejo tópico que dice que, entre comillas, la mente es un esclavo excelente pero un amo terrible (…) No es casual que los adultos que se suicidan con armas de fuego casi siempre se peguen un tiro en… la cabeza. Le pegan un tiro al amo terrible. Y la verdad es que la mayoría de estos suicidas en realidad estaban muertos mucho antes de que apretaran el gatillo (DFW, 2005).

La caverna platónica es la sociedad y sus significantes. Las cadenas las llevamos los miembros del colectivo. Asumimos como nuestra propia realidad los significantes impuestos por otros. Vivimos en sombras sin saberlo. Imitamos patrones. Nos ajustamos a las expectativas que nos venden como verdades.
La forma de entender la Naturaleza se ajusta al patrón programado en nuestro cerebro. Los antiguos creían que la lluvia y el fuego eran dioses. Con esa ilusión se desarrolló la mitología y la religión. Al romper las cadenas, se capta que la realidad es agua que esconde un misterio, inefable, esquivo, imposible de revelar con los medios conocidos. Perseguir sus luces implica asumir la realidad ilusoria, tan subjetiva que erige a la sociedad sobre premisas fantásticas.
Es un teatro de máscaras e imitación. Una realidad verdadera, final y auténtica no es posible, porque la respuesta no parece ubicarse en un plano físico, sino en el metafísico. Esta dimensión es tan abstracta e inefable, que su búsqueda es un peregrinaje constante, una caja china. Las explicaciones solo son posibles empleando la imaginación y el logos: la capacidad de construir relatos atractivos, asimilados por la suficiente cantidad de personas. Entonces, con el paso del tiempo, se “solidifica la metáfora”, volviéndose la “realidad”.

¿Qué define entonces lo que es real? ¿Quién le pone el nombre a una cosa y decide qué es esa cosa? ¿Qué hay en un nombre?, se pregunta Julieta en la primera escena del segundo acto de la obra de Shakespeare. Bastaba que Romeo no se apellidase Montesco para que un amor imposible dejase de serlo. Pero siendo miembro de la familia peleada con los Capuleto, en la realidad de los que odiaban a su familia él era la personificación del enemigo.

No solo el nombre de la cosa, sino su esencia misma es percibida de una u otra forma dependiendo de factores arbitrarios y subjetivos: un apellido, ser feo o bonito, la pertenencia a una casta o ser adepto a tal o cual religión. “Como si construir significados no fuera en realidad una opción personal y consciente” (DFW, 2005).
Para que lo indios fueran considerados humanos, tuvo Bartolomé de las Casas que luchar para imponer su realidad a quienes tenían otros nombres y significantes para los habitantes de las tierras conquistadas. Hubo de darse una guerra civil en los Estados Unidos y, al siglo siguiente otra batalla sangrienta, para reivindicar derechos civiles de un sector de la población que, durante siglos, fue considerado inferior, al punto de ser percibidos como animales por terroristas, tipo el Ku Klux Klan.
Si estos desalmados fuesen el grupo dominante, la realidad del mundo sería diferente. Igual si hubiesen triunfado los nazis, o si los musulmanes extremistas se impusieran en el planeta. Las escuelas, la prensa, los libros de historia, y todo aquello que transmita conocimientos e ideas, estaría impregnado de la realidad de esas ideologías. Los niños serían programados desde sus primeros suspiros para percibir el mundo con esos ojos.

La percepción de la realidad no solo reside en las palabras y sus significantes. También lo hace en las cosas y la semántica que las explica. Al observar una vaca, un hindú no está percibiendo a un simple animal, futura comida de muchos.
Para él, se trata de un símbolo sagrado, que bien podría tratarse de su propia suegra reencarnada. Un pagano, ignorante de religiones, se introduce en una iglesia para protegerse de la lluvia. Al toparse con una copa de vino en el altar, es probable que su mente no compute que se trata de algo diferente a un brebaje que le regala momentos plácidos o le precipita a un abismo alcohólico.
Pero un sacerdote, al ver esa misma copa, lo que percibe es un cáliz, cuyo contenido es la sangre de Cristo. Si pensamos en temas cotidianos, no tendríamos que ir muy lejos: ¿Qué cosa son los prejuicios? ¿Acaso las conclusiones a las que llegamos a priori, respecto a nuestros semejantes, no vienen acompañadas de la proyección de la personalísima realidad, construida en la mente de cada quién?
Se trata de lo relativo y maleable del significante. No es solo el nombre, sino la “cosa” misma. Tan arbitrario es un nombre que puede cambiarse a voluntad. ¿No estará más cuerda la persona que define su propia realidad, que aquellos que se adaptan a la fabricación de los otros?
El “esclavo” que antes veía un elefante, ahora cree que es un toro, y convence a sus compañeros encuevados que acepten esta nueva visión. Entonces concluyen que eso que ven no es un elefante sino un toro. Pero un día la fogata es otra. Los vientos cambian el baile de sus llamas. Y en la cueva lo que se refleja ya no es un toro, sino un rinoceronte… y así ad infinitum.

Foucault (1968) plantea que el lenguaje, el universo de los signos, se constituye en un sistema de notas, elegido de antemano por cada hombre y por sí mismo.
Estas marcas traen a la memoria las representaciones, que se combinan y se usan. Afirma Foucault: “(…) lo que uno imagina se convierte en lo que sabe y, a la inversa, lo que sabe se convierte en lo que representa todos los días” (pp.87, 93).
A lo largo de su obra, podemos concluir que el filósofo considera la realidad, lo que se asume como verdadero, como un producto de las estructuras de poder que dominan la sociedad, sin excluir que existan circunstancias donde otra “verdad” intente confrontar al poder y logre imponerse.
En este sentido, Garduño (2015) afirma:
Foucault traza mapas en los que esquematiza cómo se han relacionado la verdad y el poder, sin que ello implique que los diagramas resultantes sean válidos para todo lugar y época (…) Ahora bien, como mencionamos, las articulaciones entre poder y verdad en la obra de Foucault no se reducen a una sola configuración, como si la verdad estuviera siempre del lado de un orden represor.
Incluso en el caso de la locura, Foucault muestra cómo la verdad podría permitir la resistencia de los discursos que intentan ser ordenados y favorecer su lucha por el poder. (pp. 38-39)
Para Foucault es imposible que exista una realidad universal, que condicione de manera mecánica a los hombres. Cada quien tiene sus propias circunstancias y entendimiento perceptivo, y esto produce realidades particulares en cada persona.
Pero no significa que dejen de existir ciertos consensos aceptados por el colectivo, una suerte de realidad común, que ha sido creada socialmente a través del tiempo, especialmente por los mecanismos de poder que dominan en una época histórica determinada.
En el caso de Foucault, Garduño explica que “se trata de separar, a través del análisis, la verdad de los discursos hegemónicos, más que para quitarles poder, para problematizarlos, para generar resistencia, para contrarrestar sus consecuencias y para abrir la posibilidad de nuevos Discursos” (op.cit., p.43).

La realidad, creada por el consenso colectivo, supone una presión psicológica que impulsa a la persona a imitar conductas y formas. El miedo intrínseco que cada quien experimenta a la hora de definirse como individuo, y aceptar su propia realidad, puede ser un factor clave para entender por qué la generalidad de las personas encuentra más fácil adaptarse a la realidad que otros han proyectado y definido como verdadera.
El contexto social y las expectativas sembradas por los otros es, en gran medida, la causa y el resultado de esta resignación, aunque sea a nivel inconsciente, de no oponerse a lo ya socialmente aceptado como correcto, y más bien adaptarse a dicha sociedad, no sin antes renunciar a deseos y anhelos íntimos, que quizás no están alineados adecuadamente con esas expectativas exteriores y ajenas al individuo.
El “miedo a la Libertad” supone el sacrificio de la individualidad, en aras de conseguir paz y armonía con la sociedad y así obtener la seguridad que proporciona el no desentonar con las expectativas generales.
Pero en el camino, al ceder un porcentaje importante de individualidad, el sujeto puede sentirse alienado y experimentar sensaciones de vacío existencial, “desarraigo”, que a veces no se explican en el plano racional, sino que operan en el mundo del inconsciente, como un monstruo atrapado y silente, que con su aliento va nublando la posibilidad de alcanzar plenitud y felicidad en la vida. “La alienación del hombre con relación a sí mismo y a la naturaleza aparece en sus relaciones con los otros hombres” (Marx et al.,1970, p. 63).

Y es lógico que así sea cuando el ejercicio de la libertad, que supone el ser uno mismo, choca tantas veces con la realidad que han construido los otros, y que la colectividad ha asumido como verdadera.
(…) la verdad no es como un espejo, sino como una vela o un fuego que nosotros encendemos y que evoca una actividad creativa propia. La verdad se plantea, desde el ámbito estético, como una creación humana. El hombre se convierte en el verdadero centro productor del sentido de la vida con sus obras.
En consecuencia, la libertad del artista se convierte en el modelo para entender al hombre y la verdad. No hace falta la facultad creadora para imaginar lo que conocemos; nos falta la poesía de la vida; nuestros cálculos han ganado la delantera a nuestra facultad de concebir; hemos comido más de lo que podemos digerir (…) Las cosas no son necesariamente definidas por su identidad objetiva, lo que realmente importa es cómo se perciben, las cosas son lo que aparentan ser y lo que evoca un objeto puede ser mucho más importante que lo realmente es (…) “cada uno construye sus quimeras de acuerdo a sus ilusiones más recónditas (…) “¿Qué es la verdad?”, se pregunta Salvador Espriu en Semana Santa: “La soledad del hombre y su secreto espanto”. (Muñoz Redon, 1999, pp. 70,71,72,73)
Es imposible que exista una realidad universal y final, que nos condicione de manera fatalista. Cada quien tiene sus propias circunstancias y entendimiento perceptivo, y esto produce realidades concretas en cada persona.
“Puesto que apreciamos la tolerancia y diversidad de creencias, en ningún momento de nuestro análisis de Artes Liberales pretenderemos que la interpretación de uno de los tipos sea verdadera y la del otro sea falsa o errónea.
Lo cual es perfecto, excepto que nunca reflexionamos sobre el origen de estos modelos y creencias” (DFW, 2005). Dice Montaigne (2010) que no basta con apartarse de la gente; no es suficiente el cambio de lugar, es menester apartarse de las condiciones populares que están dentro de nosotros; es imperativo secuestrarse y recuperarse uno mismo.
La realidad del mundo actual, el encierro (“insilio”) y el alejamiento de los afectos humanos (“Insilio” y “exilio”), a los que obliga el COVID -19, son factores que provocan soledad. Esta realidad, de la que tantos huyen, con frecuencia impulsa a repetir modelos, por el miedo a ser diferente, o, como diría Fromm, por el “miedo a la Libertad”.
La soledad: un producto del desarraigo.
Pero la soledad también puede ser una bendición. Ayuda a encontrarse con uno mismo. Y en esa conciliación, se gana sabiduría que ilumina. Su fuego, permite fabricar una realidad compasiva con el propio mundo interior y empática con el universo exterior.
Nietzsche (1993) afirma que la soledad es una virtud: cuando somos los amigos natos, jurados y celosos de la soledad, de nuestra propia soledad, “la más honda, la más de media noche, la más de medio día – ¡esa especie de hombres somos nosotros, nosotros los espíritus libres!” (pp. 266-67).

Y es que, en la soledad, sucede el encuentro con uno mismo, despojado de máscaras, en el rincón donde el absurdo de la existencia es la paradoja que nos salva. La autenticidad emerge cuando entendemos que la comedia humana es eso: una comedia.
Y entonces ocurre la autoaceptación, sin buscar los modelos externos de la acción mimética, que evapora al Yo y le vuelve un fantasma, adoptando las formas de una serialidad robótica. Cada uno de nosotros deberá confrontar esta realidad y asumir una posición propia, con todas las consecuencias implícitas. La soledad puede ser una gran oportunidad de fabricar una nueva realidad, haciéndola menos imitación, más personal; menos reduccionista, más empática.

Reiteramos: En Venezuela existe un sentimiento de soledad y extrañeza, producido por una realidad que se aleja de los valores humanos. Esta realidad en el fondo es una ficción, controlada por la super estructura del poder para imponer su ideología. Una vez que se comprende esto, se confirma nuestra hipótesis, que parte de una premisa: La realidad es una ficción.
Vimos cómo el empleo de la Metaficción como recurso literario es una forma efectiva para develar lo ilusorio que son las realidades humanas. Patria o muerte es una novela Meta ficcional.
Con la mímesis de la realidad socio política venezolana, el texto demuestra, a partir de la crónica y el uso de arquetípicos personajes, que la ficción es la única realidad posible en un país secuestrado por la mentira y la manipulación, a través de los medios de comunicación y los discursos políticos.
Ficcionalizando la crudeza de un país en escombros, la soledad, el desarraigo, el delirio y la muerte, son el paisaje de una patria inexistente, que solo vive en la realidad de un cuento.
Conclusión
Patria o Muerte, de Alberto Barrera Tyszka, junto con los autores que desarrollan la “Narrativa del desarraigo”, ofrece un retrato fidedigno, que recoge el sentimiento de extrañeza e inconformidad con la realidad existente, que prevalece en Venezuela y gran parte del mundo.
El autor se valió de una narrativa realista y metaficcional para expresar este sentimiento. Analizando esta novela, pudimos reflexionar sobre el estado de cosas actual en Venezuela e hicimos consideraciones sobre la noción de realidad y lo que ocurre actualmente en el mundo.
Vimos que la “Literatura del desarraigo” expresa las consecuencias de sufrir un divorcio entre las expectativas existenciales y la ficción que se vende como realidad.

El mass media, la “civilización del espectáculo”, y el afán deconstructivista de la superestructura del poder que domina el postmodernismo, han producido una ficción, vendida a través de los medios virtuales, para atraparnos en la ilusa mentira que llaman realidad. Esta ficción produce el desarraigo y la sensación de soledad.
Con los temas analizados en el presente trabajo, comprobamos nuestra hipótesis: La realidad es una ficción y la Metaficción literaria es un método efectivo para evidenciarlo.
En consecuencia, dado lo ilusorio de las realidades humanas, tocará a cada quien fabricar su propia realidad.
Referencias bibliográficas
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[1] Término acuñado por el profesor Luis Marín, de la Universidad Central de Venezuela. Ver: https://bit.ly/3x6f82v
[2] Subrayados nuestros.
[3] Ver: https://bit.ly/3x6f82v
[4] Subrayados nuestros.
[5] Ver: https://bit.ly/3kWu1Su
[6] Subrayados nuestros.
[7] Resaltado nuestro.
[8] Idem.
[9] Metaficción: “se trata en general de toda narrativa que se interroga o versa sobre la naturaleza de la escritura, ontología o estructura de la narrativa y, en particular, la narrativa que habla sobre sí misma, el discurso que aborda su propio acto de enunciación” (Valles, 2002, 435).
[10] “Si cambias la manera de observar a las cosas, las cosas que observas, cambian” (Traducción nuestra).











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