El ministro de asuntos exteriores de la tiranía es propietario de un Ferrari. Se llama Francisco López, le dicen “Pancho” y hoy tiene un plan. Lo ideó al detalle e incluye a “La Chiqui”, una pelirroja L’Oreal de aspecto divino que sin embargo desentona con la sobriedad de Pininfarina.
Hoy ella está de estreno y a juzgar por el atuendo que lleva puesto su satisfacción es obvia. Pancho fue quien hizo la inversión. No pudo rebatir las palabras convincentes y mentirosas de su pelirroja juvenil: serás tú el que las disfrute papito mi rey, es un regalo para ti. Y Pancho, quien desde su infancia colecciona magazines con centerfold, sabe muy bien que esas protuberancias garantizan la clase de disfrute que todo hombre merece. Pero algo ocurre con el automóvil y fue tras el cuarto intento que al fin arrancó.
Comienzan el trayecto hacia la montaña, donde Roberto Colmenares, otro ministro del régimen, tiene una cabaña que le presta al camarada para que escape de su cárcel conyugal. Los colegas insisten que las canas al aire llevan consigo una justicia implícita. El matrimonio, tal y como vociferan en los bares, es una carga cuyo peso es directamente proporcional al paso del tiempo. Por lo que huir de tanto en tanto es un asunto de supervivencia. Su lema: “si matas en defensa propia no es asesinato; ergo las canas que sueltas al aire para preservar tu sanidad mental tampoco es adulterio, es self preservation”.
La Chiqui le pide a Pancho que incremente la velocidad dado que el sonido made in Maranello le excita. Pancho desea complacerla (la complace en todo), mas los ruidos que salen de la máquina no son sexy y aconsejan prudencia. Viene una curva cerrada y al pisar los frenos patinan levemente, activando en Pancho silentes autoreproches (¿por qué coño no les hice mantenimiento?), mientras La Chiqui cree que la maniobra de su papito fue deliberada y es parte de la aventura.
Culminan la cuesta empinada e inician el ascenso. La Chiqui sabe que ese Ferrari no tiene bluetooh y por eso se trajo el cd de Beyoncé: single ladies, que procede a introducir en el aparato. Pero su papito mi rey dice: no funciona. Ella no responde y voltea para chocar su mirada en las piedras.
Se atraviesa un gato negro. Hace su aparición como un profeta del más allá, porque ¿cómo coño hay un gato en esta tierra de nadie? Da un giro al volante, salva al felino y ahora se cree Lewis Hamilton.
Dada la cantidad de polvos que se unta cada mañana, observando en su espejo a lo que ella considera el clon de Emma Stone, el sol produce en sus cachetes una molesta piquiña: papito mi rey tengo calor, ¿podrías encender el aire acondicionado? Y la respuesta es otra decepción: gatica, lo siento, pero recuerda que en este país no hay repuestos.
Siguen enrrumbados a la cabaña de los pecados y de repente La Chiqui aspira un aroma que no cree en eso de las sutilezas: ¿no te huele raro? Y Pancho le miente: no, mi gatica, a mí no me huele a nada. Desayunó tres arepas con chicharrón y obvio que omite esa información. A la Chiqui le entra la duda, pero es prudente y opta por el silencio, mientras Pancho se hace el pendejo y protege su culpa con la resistencia homérica requerida para frenar efluvios inmerecedores de la clemencia de su chica. Aprieta las nalgas con una fuerza digna de la figura principal de la Ilíada, toma la mano de la pelirroja y al rato sale un humo repentino (y muy oportuno) borrando el horizonte. La Chiqui tiembla y Pancho, al fin relax y listo para liberar a sus intestinos de gases con la libertad que el anonimato permite: veré qué ocurre; y llama a la grúa con el Iphone. La Chiqui saca de su cartera el lapiz para resaltar sus labios que también rinden honor al arte de la cirugía plástica, ajena a los acontecimientos exteriores. Está decepcionada y arrecha. Pancho le invita a salir del auto para contemplar acarameladitos el hermoso atardecer, mientras esperan la llegada del auxilio solicitado. Pero la dama bosteza y continúa con su afán de embellecimiento.
Cuarenta minutos. Llega la grúa.
Dentro de la cabina el ambiente es claustrofóbico, pero el conductor de nombre Manolo insiste que es más seguro que se acomoden allí, ya que el riesgo de la montaña no aconseja que la parejita realice el viaje en el Ferrari averiado. Lo reducido del espacio exige cercanías y La Chiqui va sentada en el medio, con un culo que tampoco escapó del bisturí del doctor Bello. Los roces involuntarios gratifican al gallego, proporcionándole alegrías inconfesables. En la región sur experimenta un ascenso con mayores peligros que la montaña. La Chiqui ignora la felicidad que está regalándole al gordo ese con olor a tufo, cuyo corazón bombea sangre con tanto poder que la dioptría de sus ojos mejora, agudizando la visión que necesita para esquivar las trampas del camino. Si Pancho fuera lector de pensamientos no le pagaría ni un centavo a este gozón nacido en Santiago de Compostela. El cerebro del gruero se transformó en un cine porno de alta factura, cortesía de la cuantiosa partida ministerial que el señor ministro Francisco López dispuso para que La Chiqui sea la protagonista del improvisado film.
Dada las irregularidades del pavimento, los pasajeros van dando salticos y en la mente de Manolo estos tienen otros significados. Al fin llegan y La Chiqui se siente indispuesta por el mareo causado por tanta curva y brinco. Entretanto, tras aparcar al Ferrari en su lugar, el gallego recibe sus culposos honorarios con una sonrisa de oreja a oreja. Se despide y tiene un encendido en la mirada que Pancho encuentra sospechoso. La Chiqui le pide a su papito (que otra vez se llama “Francisco”) que le llame un taxi y Manolo se voltea para ofrecerle la cola, mas el ministro rechaza la oferta en seco, intuyendo las dobles intenciones del gallego; y de repente siente arrepentimiento por el pago hecho minutos antes. Manolo se despide de la parejita y se retira.
Este fin de semana la esposa de Pancho visita a sus padres, por lo que el aborto del plan (el de la cabaña) no tiene por qué ser total. Invita a La Chiqui a dormir con él en su lecho conyugal, pero ella no está de ánimos y es terca con lo del taxi (quiero estar sola). El hombre desea conducirla en su reluciente camionetota Toyota 2025 (que sí tiene bluetooth y le funciona el aire acondicionado), mas La Chiqui lo vuelve a rechazar.
Llega el taxi y se despide, fría y distante. Pancho resiente la caricia frustrada y dice adiós a su pelirroja, no sin antes exclamar al aire: ¡qué vaina con estos Ferraris!



Deja un comentario