En Oslo se respiró libertad. En aquel país frío, con esos fiordos que son un milagro de la naturaleza, pudimos observar a distancia la existencia de la otra Venezuela, una que vive una realidad diferente a la Venezuela ubicada en Suramérica, en las costas del Mar Caribe.

Gracias a la cultura del selfi y del Kardashian showing off,  miles de videos han circulado mostrando rostros sonrientes bajándose de los aviones, enviando saludos en los aeropuertos, caminando por las calles, comiendo y bebiendo en los restaurantes, registrándose en hoteles de lujo y abrazándose entre ellos, en un gesto de hermandad que ilustra con brillos y colores que estos veintiséis años de chavismo no han sido iguales para todos.

Existe un universo paralelo, donde personajes que nacieron en barrios y crecieron tomando autobuses y pidiendo colas, gracias a su activismo político y su lucha por la “libertad de Venezuela”, hoy visten mejor que el príncipe de Gales y se pueden costear un estilo de vida que antaño estaba reservado para personas involucradas con oficios capitalistas o pertenecientes a dinastías familiares con varias generaciones viviendo bien.

Pero el chavismo obró un milagro peculiar: algunos de los principales actores políticos y también de los representantes de eso que llamaron el “movimiento estudiantil”, lograron pasar años trancando calles, quemando cauchos, generando caos y pidiendo sanciones económicas para el país, y en ese mismo periodo alcanzaron un estatus que hoy les permite vivir sin trabajar en los países del Primer Mundo y viajar a cualquier rincón del planeta con los gastos cubiertos para grabar videos sobre Venezuela y lo mal que se encuentra la nación de la que emigraron. 

Echando humo por la boca (dado el clima invernal), se dirigen a sus audiencias virtuales haciendo proclamas sobre lo inminente del cambio que se avecina, sobre la gallardía del pueblo venezolano y sobre la necesidad de seguir luchando. Entre ellos también se pueden apreciar algunos periodistas, que han comprendido que existe un tipo de periodismo que sí puede generar altos dividendos materiales, solo basta decirle a la gente lo que desea escuchar y hechizar a su público con noticias de acciones que traerán la felicidad y prosperidad que todos aspiran a tener. Basta arrimarse a algún político cercano a las ayudas humanitarias, o quizás algún ex alcalde o gobernador emergente de los otrora “espacios”, o de cualquiera de las instituciones virtuales que se han venido creando en el exilio, y el mundo del lujo y las posibilidades materiales se abre de par en par.

Oslo ofreció una imagen perfecta de la otra Venezuela. La de los luchadores por la libertad que en efecto la han logrado para ellos y quizás eso les anima a creerse autoridades en el tema. Quizás en Oslo es donde algunas conciencias esperan conseguir la paz.

Mientras tanto en la otra Venezuela, la del Caribe amenazante, el cielo está más cerrado, no hay fiordos, y el único humo que sale por la boca es el aliento del hambre.



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Una respuesta a «Oslo y el aliento del hambre»

  1. […] Oslo y el aliento del hambre […]

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