Por Juan Carlos Sosa Azpúrua

En las últimas semanas han reaparecido —como si emergieran de un sombrero— los habituales profetas del desastre (auténticos jinetes apocalípticos), empeñados en sostener que Venezuela es incapaz de atraer inversiones mientras no se transforme en una democracia ideal, con la institucionalidad de Suiza y un liderazgo político que satisfaga sus expectativas ideológicas.

A esa premisa irreal se suma una narrativa construida a base de exageraciones y falsedades: hablan de violencia generalizada cuando, por primera vez en veintiséis años, el país vive un clima palpable de normalidad; minimizan la liberación de presos políticos como episodios marginales, pese a que ya superan los doscientos en menos de un mes; y sostienen que el sistema criminal permanece intacto, cuando lo que subsiste hoy son estructuras debilitadas, subordinadas y funcionales a una estrategia mayor: evitar una guerra interna y conducir un proceso de transición sin derramamiento de sangre.

La motivación de este discurso no es el bienestar de Venezuela, sino el resentimiento político. Se frustró un proyecto que aspiraba a ejercer poder sin control efectivo y sin capacidad real para contener el conflicto que habría estallado de haberse impuesto ese escenario. A ello se suma una animadversión visceral hacia el presidente Donald Trump, tan intensa que algunos prefieren ver a Venezuela colapsar antes que reconocer el éxito de su estrategia hacia el país.

Tampoco se dice —aunque es conocido con amplitud— que muchos de estos voceros están vinculados a redes financiadas por George Soros, promotor de una agenda ideológica que, bajo el pretexto de una “sociedad abierta”, ha contribuido a la desestabilización política y social en diversas regiones del mundo. La misma agenda que impulsó disturbios en Estados Unidos, promovió movimientos identitarios como política pública, alentó conflictos geopolíticos y respaldó un régimen de sanciones que asfixió a la economía venezolana y agravó la vida cotidiana de millones de ciudadanos.

Menos aún se menciona el beneficio personal obtenido por algunos de estos actores a través del manejo opaco de la deuda pública y de los bonos de la República, durante el período en que estos quedaron bajo control de un gobierno interino marcado por la incompetencia y la corrupción. Tras décadas viviendo fuera del país, sin conocimiento directo de la realidad venezolana, se presentan en foros internacionales como expertos, sembrando incertidumbre entre potenciales inversionistas.

Conviene entonces recordar una verdad elemental: las inversiones no esperan a que los países alcancen la perfección institucional. La historia del sector energético demuestra lo contrario. Medio Oriente, el Cáucaso y amplias zonas de África evidencian que, en determinadas fases, resulta más eficaz invertir donde existen reservas, oportunidades claras y una autoridad capaz de garantizar el cumplimiento contractual, reducir la burocracia y acelerar decisiones.

Singapur no esperó a convertirse en una democracia liberal avanzada para iniciar su transformación. Apostó primero por el orden, la seguridad jurídica y el crecimiento económico.

Hoy, Venezuela presenta un escenario atractivo de forma excepcional para las empresas energéticas:

  • Reservas probadas de petróleo y gas, identificadas, y en una cuantía que, en el caso del primero, supera las reservas de cualquier otro país del planeta; y del segundo, casi lo mismo.
  • Mano de obra competitiva.
  • Cercanía a los principales mercados energéticos del mundo.
  • Ubicación geopolítica estratégica y acceso directo a Suramérica.
  • Infraestructura natural privilegiada para telecomunicaciones.
  • Un historial único como potencia petrolera global.
  • Condiciones climáticas óptimas durante todo el año.
  • Precedentes exitosos de financiamiento internacional a gran escala.
  • Un marco legal en construcción orientado a acelerar la inversión.

Todo ello bajo un elemento decisivo: el Gobierno de los Estados Unidos actúa hoy como garante último del proceso y del cumplimiento contractual.

Rara vez la historia ofrece una oportunidad tan clara para el capital energético global. Ignorarla por dogmatismo ideológico sería un error estratégico de gran magnitud.

Venezuela no necesita discursos utópicos: necesita inversión, desarrollo y tiempo.




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3 respuestas a «Venezuela: inversión antes que utopía:por qué esperar la “democracia perfecta” es el mayor error estratégico para el capital energético global»

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