El film sobre Michael Jackson no solo es extraordinario: es, en muchos sentidos, un acto de restitución artística. Jaafar Jackson entrega una interpretación de una precisión inquietante; no imita, encarna. Por momentos, la ilusión es total. Y Juliano Valdivia, en la etapa infantil, sostiene el mismo nivel con una naturalidad poco común.
La producción no escatima en nada. Hay rigor, hay ambición y, sobre todo, hay respeto por el mito sin caer en la caricatura. Cada plano parece concebido con la conciencia de estar trabajando sobre una figura irrepetible.
El problema es el final. No es solo abrupto: es estructuralmente débil. Rompe la progresión dramática y deja la sensación de una obra inconclusa. Solo se justifica si existe una continuación. De lo contrario, es un error de cierre difícil de defender en una película de este nivel.
Dicho eso, el valor del conjunto permanece intacto.
Lo previsible ha sido la reacción de cierta crítica: una mezcla de condescendencia y esnobismo automático. Cuando una obra conecta con el público sin pedir permiso al canon “intelectual”, suele ser castigada. Aquí no parece haber excepción. Más que análisis, se percibe una incomodidad ante el fenómeno.
Pero los hechos son tercos: Jackson redefinió el estándar de la música popular global. No fue solo un ícono; fue una anomalía de talento. Y esta película, con un tropiezo final, entiende algo esencial: que a ciertas figuras no se las deconstruye, se las enfrenta con grandeza.






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