Quien controla el presente controla el pasado. Quien controla el pasado controla el futuro.
—George Orwell—
Hubo un momento, entre marzo de 2020 y finales de 2022, en que el planeta entero se transformó en un experimento y nosotros, sus habitantes, en ratas de laboratorio. Fue un instante en la historia humana en que el planeta entero dejó de distinguir entre la realidad y la narrativa. La Tierra vivió una crisis sanitaria real que se transformó, con sorprendente rapidez, en un experimento social a gran escala. No fue un laboratorio deliberado con ratas humanas, pero sí un periodo en el que gobiernos, instituciones sanitarias, medios de comunicación y empresas tecnológicas construyeron y sostuvieron una realidad compartida de excepcionalidad permanente. Esa realidad artificial, con sus reglas, sus culpables, sus héroes y sus herejes, fue aceptada por miles de millones de personas.
La vacuna redujo de forma significativa hospitalizaciones y muertes en las olas principales. Estudios publicados en The Lancet estiman que, solo en el primer año de despliegue, se evitaron entre catorce y veinte millones de muertes a nivel global. En Estados Unidos, un análisis del Commonwealth Fund calculó más de tres millones de muertes evitadas hasta finales de 2022. Al mismo tiempo, se documentaron efectos adversos reales: miocarditis y pericarditis, en especial en varones jóvenes tras la segunda dosis de vacunas de ARNm, con tasas que en algunos grupos alcanzaron decenas de casos por cada 100.000 o por millón de dosis. La mayoría de estos casos fueron leves, pero existieron.
Reconocer ambos hechos: beneficio poblacional y riesgos individuales, es condición mínima de honestidad intelectual. Negar uno u otro convierte la ciencia en propaganda. Los correos de Anthony Fauci liberados por FOIA revelaron debates internos sobre el posible origen del virus, la financiación de investigación de gain-of-function y cambios de criterio sobre el uso de mascarillas. No constituyen un “diario secreto” de una conspiración maestra, pero sí muestran opacidad, inconsistencias y la distancia entre el discurso público y las conversaciones privadas de quienes ocupaban posiciones de enorme poder.
No hace falta exagerar los datos ni inventar cifras para sostener esta tesis: basta con mirar la arquitectura del poder que se montó en esos meses. Gobiernos que gobernaron por decreto de emergencia, poblaciones enteras confinadas sin debate parlamentario previo, fronteras cerradas, cuerpos exigidos como pasaporte de ciudadanía, disidencias médicas silenciadas no por refutación sino por censura directa en las plataformas que controlan la conversación pública. No ocurrió durante una guerra, ni bajo una dictadura militar. Sucedió mientras la humanidad aseguraba vivir la época más libre de toda su historia.
Entre 2020 y 2022 el mundo asistió al mayor experimento de uniformidad intelectual que haya conocido la civilización occidental desde la Segunda Guerra Mundial. Miles de millones de personas comenzaron a repetir las mismas frases, utilizar el mismo lenguaje, aceptar las mismas premisas, consumir las mismas noticias y condenar en lo moral a cualquiera que se apartara apenas unos centímetros de la ortodoxia oficial. Las analogías literarias se impusieron casi solas.
George Orwell no imaginó un mundo así por casualidad. Orwell lo vio venir porque comprendió el funcionamiento del poder. En 1984 el “Ministerio de la Verdad” no fabrica solo noticias falsas: construye la realidad. La función del Estado no consiste solo en prohibir, sino en decidir qué existe, qué puede decirse, pensarse. qué merece ser recordado y qué debe desaparecer para siempre.
Orwell describió un mundo donde el control del lenguaje y de la memoria histórica permitía reescribir el presente. Lo visualizó con precisión quirúrgica: el poder no necesita que creas una mentira particular; necesita que aceptes que la verdad es lo que el poder dice que es, hoy, y que mañana puede decir lo contrario sin que ese cambio te resulte extraño.La cifra de contagios, la utilidad del tapabocas, la duración de la inmunidad, el origen del virus: todo fue, en algún momento del proceso, verdad oficial incuestionable, y luego, sin ceremonia ni disculpa, dejó de serlo. Eso es el “Ministerio de la Verdad” operando en tiempo real, con la diferencia de que Orwell imaginó una única superpotencia orwelliana y lo que vivimos fue una sincronía casi coreografiada entre gobiernos de sistemas políticos opuestos, medios de comunicación de matrices editoriales distintas y plataformas tecnológicas que, se supone, compiten entre sí.
En Animal Farm, Orwell mostró cómo los principios de igualdad se corrompen cuando una élite se proclama más igual que las demás. Durante la pandemia asistimos a una mutación equivalente: el discurso pasó de «la vacuna te protege» a «la vacuna te protege a ti y a los demás», y, al final: «quien no se vacuna es una amenaza social que debe perder su trabajo, su libertad de movimiento y su lugar en la comunidad». El mandamiento se reescribió sobre la marcha, y quienes lo habían memorizado en su versión anterior fueron acusados de no saber leer.
Por su parte, en Fahrenheit 451, Ray Bradbury imaginó una sociedad que quema libros no tanto por odio al conocimiento, sino por miedo a la incomodidad que genera el pensamiento disidente. Durante la pandemia, la etiqueta de “desinformación” funcionó en muchos países como un mecanismo de exclusión: ideas que cuestionaban mandatos, eficacia de ciertas medidas o transparencia institucional fueron silenciadas o estigmatizadas en plataformas digitales y medios tradicionales. No fue una dictadura orwelliana literal, pero sí un ensayo de control narrativo bajo la justificación del bien colectivo.
La Escuela de Frankfurt (Adorno, Horkheimer y más tarde Marcuse, entre otros) ya había advertido que el control moderno no pasaba por la propiedad de los medios de producción, como pensaron Marx y Engels, sino por la industria cultural: la publicidad, el entretenimiento y los medios de comunicación masivos. Ellos comprendieron que las sociedades avanzadas se disciplinan a través de la fabricación del consenso y del deseo. Adorno y Horkheimer lo formularon con crudeza en su concepto de «industria cultural»: el entretenimiento de masas no es un espacio neutral de ocio, es un aparato de estandarización de la conciencia que produce sujetos dóciles, previsibles, integrados sin fricción al sistema que los entretiene. Marcuse fue más allá en El hombre unidimensional: la sociedad avanzada no necesita reprimir el disenso con violencia si puede, en cambio, absorberlo, convertirlo en mercancía, neutralizarlo por saturación.
Lo que estos pensadores comprendieron, y lo comprendieron décadas antes de que existiera Netflix, Twitter o un algoritmo de recomendación, es que quien controla el relato, controla la realidad percibida, y quien controla la realidad percibida no necesita ya controlar la fábrica: la fábrica lo sigue, dócil, porque sus obreros y sus consumidores comparten la misma conciencia fabricada.
Durante la pandemia vimos ese mecanismo funcionar con una eficiencia que ni los propios frankfurtianos, pesimistas como eran, habrían anticipado: un relato único, sostenido por gobiernos, medios y plataformas tecnológicas, capaz de definir en tiempo real qué era pensable y qué no. En 2020-2022 esa industria cultural se aceleró: series, noticias, videos y campañas institucionales reforzaron una única trama de solidaridad obligatoria y riesgo existencial. Quienes se apartaban de ella no solo eran criticados; en muchos casos eran tratados como amenazas sanitarias o morales.
En los años de la pandemia presenciamos algo extraordinario. No era suficiente con aceptar determinadas políticas sanitarias. Teníamos que aceptar también una determinada interpretación moral de la realidad. Quien discrepaba no era solo alguien equivocado, sino un peligro público, enemigo de la ciencia, un irresponsable, egoísta, «conspiranoico» y un apestado moral. Orwell llamó a ese mecanismo doublethink: la capacidad de sostener dos ideas incompatibles y creer ambas de forma simultánea porque así lo exige el poder.
No se trata de negar que el virus existiera o que representara un riesgo real, lo hizo, y lo pagamos con vidas. Se trata de algo distinto y más inquietante: la observación de que una crisis sanitaria genuina fue instrumentalizada como la ocasión perfecta para ensayar, a escala planetaria, mecanismos de control social que en cualquier otro contexto habrían sido impensables. Como si la humanidad, sin saberlo, hubiese aceptado entrar en la “jaula de Skinner” y denominarla: «la nueva normalidad».
Toda crisis es también una oportunidad de aceleración ideológica, y esta no fue la excepción. Durante el confinamiento, con las audiencias cautivas frente a las pantallas como nunca antes en la historia, las plataformas de streaming y los grandes medios impulsaron con especial intensidad una determinada agenda cultural y de identidad que, en circunstancias normales, habría encontrado más resistencia y más debate público. No hago aquí un juicio sobre el contenido de esa agenda en sí misma, eso pertenece a la esfera legítima del debate ideológico plural, sino sobre el método: se aprovechó el encierro forzado, la ausencia de alternativas de entretenimiento y la vulnerabilidad emocional colectiva para naturalizar, sin discusión abierta, ciertos marcos de pensamiento. Es exacto el mecanismo que Huxley temía más que el propio Orwell: no la imposición violenta de una verdad, sino la seducción constante hacia una que ya no se cuestiona porque llega envuelta en entretenimiento.
Aquí sere preciso, porque la precisión es lo que distingue el argumento sólido de la mera indignación: las vacunas de ARNm desarrolladas contra el Covid-19 sí cumplieron, en el sentido técnico y regulatorio, con la definición de vacuna, y la evidencia acumulada en múltiples países muestra reducción real de mortalidad y hospitalización grave, en particular sobre poblaciones de riesgo. Eso no es negociable si queremos que el argumento resista el escrutinio.
Lo que sí es cuestionable, y aquí reside el verdadero escándalo, es otra cosa: la velocidad con que se pasó de una autorización de emergencia, pensada para un uso limitado y reversible, a un mandato universal de facto; la desproporción entre la certeza con que se vendió la eficacia contra el contagio y la rapidez con que esa promesa se diluyó frente a nuevas variantes; y, sobre todo, la coerción. Un ciudadano que pierde su empleo, su derecho a viajar o su lugar en la vida social por negarse a un procedimiento médico está siendo privado de algo que ningún código de ética médica moderno, empezando por el propio «Código de Núremberg», nacido para prevenir la experimentación forzada sobre seres humanos, contempla como aceptable. Ahí no hace falta exagerar nada: el mandato en sí mismo, como instrumento, ya es la distopía.
Bradbury no imaginó bomberos que queman libros porque un tirano lo ordene con violencia explícita; imaginó algo más sutil y más aterrador: una sociedad que pide, ella misma, que se queme lo que la incomoda, porque ha aprendido a preferir la comodidad narcotizada sobre la fricción del pensamiento. Durante la pandemia, la «quema de libros» adoptó la forma de desmonetización de canales, de etiquetas de «desinformación» aplicadas a médicos con credenciales serias que disentían de la narrativa oficial, de algoritmos que decidían qué preguntas era legítimo hacer.
El caso de Novak Djokovic es, en este sentido, paradigmático y no requiere interpretación: el mejor tenista del mundo fue deportado de Australia en enero de 2022 y excluido del Abierto de Australia por negarse a vacunarse, en un episodio que combinó decisión judicial, presión política y escarnio mediático internacional. No hace falta estar de acuerdo con su decisión personal para reconocer lo que el caso ilustra: que la autonomía sobre el propio cuerpo dejó de ser, durante ese período, un derecho y pasó a ser un privilegio condicionado a la obediencia.
Yo mismo pagué un precio por sostener esa misma autonomía, aunque a escala modesta frente a la de Djokovic: me negué a vacunarme y, como consecuencia directa, no pude abordar un avión para asistir a la boda de mi sobrino. No relato esto buscando compasión, sino porque es el tipo de pérdida que las estadísticas nunca registran: no aparece en ningún reporte epidemiológico, no es noticia, no genera indignación colectiva. Es una vida humana, una relación, un ritual, un afecto, sacrificada en el altar de una política que exigía conformidad antes que consentimiento informado. Multiplíquese esa pérdida por millones de historias similares en todo el mundo, y se empieza a intuir el costo humano real de una época que se congratuló de «salvar vidas» sin llevar nunca la cuenta de las vidas, no en sentido biológico, sino biográfico, que quedaron truncadas en el camino.
Las epidemias siempre han existido. Aquí lo novedoso fue otra cosa. Por primera vez en la historia toda la humanidad consumía la misma información de manera simultánea: imágenes, gráficos, cifras, expertos, frases y eslóganes. Nunca antes la infraestructura tecnológica había permitido semejante sincronización emocional del planeta. Los algoritmos amplificaban una narrativa y las redes sociales castigaban otra. Los medios tradicionales repetían los mismos titulares y los gobiernos emitían mensajes idénticos. Las grandes plataformas digitales determinaban qué podía circular y qué debía desaparecer. No hacía falta censurar un libro, bastaba con reducir su alcance. No era necesario encarcelar a un disidente, sino que era suficiente con expulsarlo de la conversación pública. En Fahrenheit 451 los bomberos ya no apagaban incendios, quemaban libros. Mas lo inquietante en realidad no era el fuego, sino que la población terminó por desear aquella censura. La obediencia perfecta nunca necesita demasiada violencia: basta con fabricar conformidad.
Toda distopía literaria tiene un beneficiario. En 1984 es el Partido; en Un mundo feliz, de Huxley, que en muchos sentidos anticipó mejor que Orwell el control por placer y consumo antes que por terror, son los «Interventores Mundiales». En la pandemia real, los beneficiarios tuvieron nombre y balance financiero público. Las farmacéuticas que produjeron las vacunas contra el Covid-19 obtuvieron beneficios extraordinarios, bajo contratos con los Estados que en muchos casos incluyeron cláusulas de indemnización que trasladaban el riesgo legal al erario público y no al fabricante.
Según un informe de SOMO, Pfizer, BioNTech, Moderna y Sinovac generaron unos noventa mil millones de dólares en beneficios netos relacionados con productos COVID-19 en 2021 y 2022. En 2022, Comirnaty aportó a Pfizer más de treinta y siete mil millones de dólares de ingresos. Estos números no demuestran una conspiración, pero sí un sistema de incentivos muy poderoso: investigación acelerada, contratos de compra anticipada, indemnidades legales y demanda garantizada por el Estado. Mientras tanto, cientos de miles de negocios convencionales, en especial aquellos basados en el contacto físico: restauración, restaurantes, librerías, talleres, negocios familiares, turismo, servicios personales, que constituyen el tejido económico real de cualquier sociedad, experimentaron cierres masivos o reducciones drásticas de actividad. En Estados Unidos, el número de propietarios de pequeños negocios activos cayó un 22 % (3,3 millones) entre febrero y abril de 2020.
En paralelo, las grandes empresas tecnológicas: Amazon (aumento de 40% de sus ventas), Zoom, Google, Meta, y otras plataformas de trabajo remoto y comercio electrónico, capturaron la demanda forzada por los confinamientos, capturaban ese mismo consumo desplazado y salían de la pandemia con valuaciones bursátiles y cuotas de mercado que ninguna competencia normal les habría permitido alcanzar en un plazo tan breve.
La pandemia no creó estas asimetrías, pero las magnificó. No fue una conspiración en el sentido de una reunión secreta con un plan escrito; fue algo más simple y más inquietante todavía: una estructura de incentivos que garantizaba que, hiciera lo que hiciera el virus, ciertos actores iban a salir fortalecidos y otros, de manera sistemática, quedaría destruidos. Ese es el tipo de asimetría que ninguna teoría de la conspiración necesita inventar, porque está en el balance contable, a la vista de todos.
Quizá la gran enseñanza de aquellos años no sea médica, sino filosófica, porque la libertad nunca desaparece de golpe. Primero aceptamos que otros piensen por nosotros y luego que otros decidan qué información merece ser conocida. Entonces aceptamos que otros definan el lenguaje y al final aceptamos que otros determinen qué debemos recordar y qué debemos olvidar.
Y aquí llego al núcleo filosófico que me ha ocupado en otro terreno, el literario, y que la pandemia iluminó de una manera que no anticipé cuando escribí mi libro La libertad individual y don Quijote de la Mancha. Alonso Quijano no estaba «loco», sino que construyó, a partir de una biblioteca de novelas de caballería, una realidad alternativa para llevar a cabo un juego existencial que le permitía sentir la vida a plenitud, coherente puertas adentro, y la habitó con una convicción tan plena que terminó por convertirla en su verdad operativa.
Lo notable del Quijote no es que se «equivoque» respecto a los molinos. Es que dentro de su relato, cada elemento de la realidad exterior se reinterpreta para confirmar ese relato, nunca para desmentirlo. Escribí que Don Quijote constituye quizás la mejor reflexión jamás escrita sobre la capacidad humana para fabricar realidades. No vemos el mundo: vemos interpretaciones del mismo. Vivimos dentro de relatos y combatimos por ficciones. Amamos ficciones y las odiamos. Morimos por ficciones. El hidalgo manchego quiso ver gigantes donde había molinos. Cervantes nos obliga a formular una pregunta incómoda. ¿Quién decide qué cosa son molinos? Toda sociedad construye consensus, la civilización fabrica relatos y las culturas necesitan mitologías. La diferencia entre libertad y servidumbre reside en conservar la capacidad de cuestionarlas. Durante los años de pandemia esa facultad pareció desaparecer. No existía solo una pandemia, sino una narrativa obligatoria sobre esa pandemia. Y ambas cosas no son equivalentes.
Miles de millones de seres humanos aceptaron una realidad construida, algo cierta y algo exagerada, en algunos casos falsa, con la misma convicción con que Don Quijote afirmaba que los molinos de viento eran gigantes. Y quien intentaba señalar la discrepancia entre el relato y los hechos no era tratado como Sancho Panza, con paciencia y cariño, sino como hereje, como un enemigo público, como una suerte de amenaza epidemiológica andante.
La diferencia entre la postura individual de Alonso Quijano y la «locura colectiva» de la pandemia es que la primera nos conmueve, porque reconocemos en ella la posición entrañable de un hombre solo frente al mundo, mientras que la segunda revela lo fácil que resulta que miles de millones de personas puedan, de manera simultánea y sin coordinación aparente, aceptar la misma ficción como realidad indiscutible. Esta es, a mi criterio, la lección más profunda y más incómoda de estos años: la realidad que llamamos «objetiva» es, en una proporción mucho mayor de lo que estamos dispuestos a admitir, una construcción narrativa sostenida por el consenso de quienes la repiten. No hace falta un chip, ni una simulación digital al estilo de Matrix, para vivir dentro de una realidad artificial: basta con que los medios que fabrican el relato controlen los canales de difusión, y basta con que nosotros prefiramos la comodidad de esa narrativa compartida sobre el esfuerzo solitario de verificar por nuestra cuenta.
Si algo debería quedar de esta reflexión no es una nueva certeza. Sustituir un dogma por otro sería repetir el error que trato de resaltar. Debemos cultivar una disciplina: la del criterio propio, sembrado con paciencia, lecturas serias, con la voluntad de sostener una pregunta incómoda, incluso cuando hacerlo cueste el trabajo, el pasaje de avión, un torneo de tenis o el aplauso social.
El mundo entre 2020 y 2022 fue, en un sentido literal y no metafórico, un laboratorio, y todos fuimos, en distintos grados, sus ratas. La única vacuna que puede protegernos de que un futuro doctor Fauci, un futuro gobierno o una futura corporación repita el experimento no se fabrica en un laboratorio farmacéutico: se fabrica en la lectura crítica, en la memoria histórica, en la costumbre de preguntar quién se beneficia de que yo crea esto. Esa, y no otra, es la libertad individual que de verdad importa defender.
Quiero insistir en algo: sería un error convertir estas letras en un juicio sobre Anthony Fauci. Los individuos pasan, pero las estructuras permanecen. Lo inquietante no es que un funcionario pueda equivocarse, rectificar o ser criticado. Lo que preocupa es una cultura política que convierte determinadas figuras en autoridades incuestionables durante una crisis y que, al mismo tiempo, margina o desacredita con rapidez el disenso. Años después, diversas decisiones, comunicaciones oficiales y conflictos de interés relacionados con la gestión de la pandemia han sido objeto de investigaciones, debates públicos y revisión histórica. Ese proceso de revisión es propio de sociedades abiertas y recuerda la importancia de examinar de manera crítica la actuación de las instituciones.
No necesitamos otro doctor Fauci. Basta con otro sistema dispuesto a reemplazar el pensamiento por obediencia. Ya no hará falta policía secreta. Porque el «Ministerio de la Verdad» vive dentro de nosotros. La historia demuestra que el mayor enemigo de la libertad no siempre es el tirano. Con frecuencia es el ciudadano que renuncia su voluntad a ejercer juicio propio. Por eso la verdadera vacuna contra cualquier forma futura de manipulación no se fabrica en un laboratorio, sino en la educación, en la lectura, en el estudio de la filosofía, en la historia y en el desarrollo del criterio propio.
Porque una persona que aprende pensar por sí misma puede equivocarse, pero será difícil que permita que otros le fabriquen la realidad. Y mientras existan ciudadanos capaces de distinguir entre los hechos, las interpretaciones y la propaganda, ningún «Ministerio de la Verdad», sea este político, tecnológico, económico o mediático, podrá convertir al ser humano en una simple rata de laboratorio.
Es probable que esta sea la lección más perdurable de los años pandémicos: no que el miedo pueda cambiar el mundo, sino que una sociedad que deja de ejercer el juicio crítico corre el riesgo de entregar su libertad sin advertirlo. La defensa más sólida frente a cualquier abuso futuro no consiste en aceptar o rechazar una narrativa por afinidad ideológica, sino en preservar la capacidad de examinar las evidencias, cuestionar al poder, cualquiera que sea, y reconocer que la libertad de pensar es el primer requisito para seguir siendo humanos.
La lección más profunda no es que existiera un complot único dirigido por un puñado de villanos. Es que el miedo, combinado con el poder institucional y la industria cultural, puede producir una realidad operativa tan convincente que millones la viven como la única posible. En ese contexto, el criterio propio se convierte en el único antídoto durable. Estudiar, contrastar fuentes primarias, tolerar la incertidumbre y resistir tanto la narrativa oficial absoluta, como la contranarrativa conspirativa absoluta, es el trabajo de la libertad adulta. Solo el juicio crítico desarrollado protege de convertirse, en futuras crisis, en materia prima de nuevos experimentos de control: sanitarios, económicos o políticos, dirigidos por futuros funcionarios, empresas o coaliciones de poder que, como siempre, afirmarán actuar “por nuestro bien”.
La libertad individual no es un eslogan. Esta consiste en la capacidad de mantener abierta la pregunta cuando todos a nuestro alrededor parecen haber cerrado el libro.



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