Por Juan Carlos Sosa Azpúrua
Hay momentos en la historia de los países en que las formas dejan de ser formas y se convierten en sustancia y Venezuela atraviesa uno de ellos. Después de veintisiete años de destrucción institucional, saqueo de los recursos públicos, deterioro de la industria petrolera, colapso eléctrico, emigración masiva y progresiva desaparición del Estado de derecho, nuestra nación comienza, por fin, a percibir algo que durante tiempo excesivo lucía como una abstracción: la posibilidad de un futuro.
Las oportunidades que empiezan a abrirse son enormes. Poseemos petróleo, gas, minerales, una ubicación geográfica privilegiada, las mejores tierras fértiles del planeta y el mejor clima, recursos hídricos, infraestructura recuperable, una diáspora profesional formidable y, más importante que lo anterior, una nación entera por reconstruir.
Donde otros ven ruinas, el inversionista sagaz logra ver oportunidades. El deterioro de Venezuela es (¡vaya paradoja!) una medida de su potencial. Cada megavatio que falta representa una inversión posible; cada carretera destruida, un proyecto; cada instalación petrolera deteriorada, una oportunidad de recuperación; cada sistema de agua deficiente; cada hospital; cada puerto; cada aeropuerto; cada escuela; y cada industria abandonada; constituyen capítulos de un gigantesco programa nacional de reconstrucción. Y ya comienza a advertirse el movimiento. La industria petrolera vuelve a despertar interés internacional, empresas extranjeras estudian nuevas operaciones y el vínculo energético con Estados Unidos adquiere una dimensión que habría parecido ficción hace apenas unos meses. Y es porque la oportunidad es gigantesca, que también la amenaza de comenzar mal es un riesgo latente muy peligroso.
Durante las transiciones políticas existe una tentación diabólica: creer que el pragmatismo justifica cualquier compañía y no es así. Comprendo a la perfección que Estados Unidos mantenga canales abiertos con determinadas figuras procedentes del antiguo régimen; incluso puede resultar indispensable (ver mi artículo anterior: EL DUELO EQUIVOCADO).
Los sistemas tiránicos no desaparecen por iluminación colectiva, se fracturan: sus élites negocian, aparecen contradicciones internas, algunos sectores descubren que sobrevivir al sistema resulta más conveniente que morir con él y, llegado el momento, la estructura comienza a derrumbarse desde adentro. La historia está llena de ejemplos.
Las democracias exitosas no siempre nacieron mediante una ruptura absoluta; muchas veces fueron producto de una combinación inteligente de presión exterior, negociación interna, garantías y gradual desmontaje de las estructuras autoritarias. Por eso sería ingenuo exigir que Washington se relacione solo con los «santos». La política internacional no funciona así.
Una implosión controlada del sistema venezolano exige interlocutores que ayer pertenecieron al régimen. Si determinados funcionarios conservan control efectivo sobre instituciones, Fuerzas Armadas, burocracia, petróleo o seguridad, negociar con ellos es desagradable, pero necesario. Eso se llama realpolitik. Pero otra cosa muy diferente es importar desde el exterior personajes que ni siquiera son necesarios para desmontar el régimen y convertirlos en intermediarios privilegiados de la nueva Venezuela. Allí comienza el error, allí se inocula el cáncer.
En las últimas semanas ha vuelto a aparecer en la conversación pública el nombre de algunos personajillos miembros del universo bautizado como los “bolichicos”. Y no podemos borrar la memoria de forma tan absurda. Para millones de venezolanos, los “bolichicos” se convirtieron en el símbolo de una época: jóvenes vampiros próximos al régimen que, mientras Venezuela padecía una devastadora crisis eléctrica, le clavaron los colmillos a contratos públicos multimillonarios para transformarse en potentados, mientras dejaban al país en penumbras. Vampiros que condenaron a todos a vivir en oscuridad, mientras ellos se vestían con trajes de luces y compraban castillos y empresas de pantalla. Y esto tiene un significado político. Porque una reconstrucción nacional necesita algo más que capital, también exige algo de legitimidad.
¿Qué mensaje puede recibir un empresario venezolano que durante casi treinta años sobrevivió sin contratos privilegiados, pagando impuestos, manteniendo trabajadores y sorteando controles, expropiaciones y arbitrariedades, cuando descubre que las puertas de la nueva Venezuela vuelven a abrirse para algunos de los mismos gángsters responsables del apocalipsis del país producido por la bomba nuclear de la corrupción detonada por ellos?
Uno de los trabajos de Heracles fue limpiar los establos del rey Augías, donde se había acumulado durante décadas una cantidad grotesca de inmundicia. El hijo de Zeus y Alcmena comprendió que esa porquería no podía limpiarse sacando los desperdicios uno por uno. Entonces desvió un par de ríos y dejó que el agua atravesara los establos.
Esta metáfora es apropiada para Venezuela. Tras veintisiete años no es suficiente con cambiar algunos nombres en las puertas de los ministerios. Es imperativo hacer pasar un caudaloso río por las instituciones. Y sería ridículo desviar las aguas para limpiar los establos y contratar como administradores a quienes se hicieron ricos con el estiércol. La reconstrucción venezolana tiene que producir una ruptura ética visible. No me refiero a inquisiciones ni a cacerías de brujas. Tampoco a sustituir una exclusión política por otra. La libertad debe garantizar un debido proceso, la presunción de inocencia, los derechos de propiedad, la seguridad jurídica y la reconciliación. Es algo mucho más sencillo: mérito y transparencia.
Washington debería establecer una distinción prístina entre quienes son necesarios de manera táctica para concluir el desmontaje del antiguo sistema y quienes deben convertirse en protagonistas estratégicos de la Venezuela futura. Son categorías diferentes.
Es necesario negociar con ciertos funcionarios chavistas para facilitar la transición. Resulta indispensable conservar por un tiempo a ciertos cuadros técnicos, e incluso es inteligente ofrecer garantías a sectores capaces de obstaculizar el proceso de forma violenta. Mas, los constructores de la nueva nación han de ser otros. Venezuela cuenta con suficientes educadores, abogados, economistas, ingenieros, médicos, empresarios, científicos, administradores públicos, especialistas petroleros y expertos en infraestructura, dentro y fuera del país, como para no necesitar intermediarios cuya sola presencia genere sospechas, rabias y escándalo.
Aquí existe una oportunidad extraordinaria para los Estados Unidos. Una Venezuela estable, democrática, próspera y occidental no es un acto de altruismo. Se trata de un formidable interés geopolítico estadounidense, ya que podemos volver a convertirnos en uno de los principales proveedores energéticos del hemisferio occidental; ser un mercado extraordinario para empresas; representar un factor de estabilidad en el Caribe / Sudamérica y, por supuesto, transformarnos en aliado natural de largo plazo. Durante décadas ocurrió eso. No olvidemos que Venezuela llegó a ser uno de los países más prósperos del planeta Tierra. Estados Unidos debería pensar Venezuela no como una operación petrolera de cinco años, sino como una alianza estratégica para siempre.
Después de 1945 Alemania era un cementerio. Sus ciudades quedaron hechas añicos, su infraestructura pulverizada, millones de desplazados, su industria devastada y una sociedad traumatizada y con el auto estima por el suelo. Pero de aquellas ruinas emergió una de las economías más poderosas del planeta. El Wirtschaftswunder, el llamado “milagro económico alemán”, no fue un acto de magia. Detrás estuvieron instituciones, ayuda estadounidense, apertura económica, disciplina monetaria, reconstrucción industrial y figuras competentes en lo técnico, como Ludwig Erhard. Los países no se reconstruyen solo con dinero. Lo hacen con instituciones y personas.
Japón, como ya he escrito innumerables veces, ofrece otra lección extraordinaria. Tras Hiroshima y Nagasaki parecía imposible imaginar que aquel archipiélago vuelto trizas pudiera convertirse a la vuelta de la esquina en una potencia industrial y tecnológica. Su cultura posee una imagen hermosa para explicarlo: el “kintsugi”: arte de reparar una pieza de cerámica rota inyectando oro en sus fracturas. Las cicatrices no se ocultan, sino que se incorporan a la nueva belleza del objeto, haciéndolo aún más hermoso que antes.
En Venezuela tendremos que hacer algo parecido. No fingir que estos veintisiete años nunca ocurrieron. Están allí y forman parte de nuestra historia. Mas, podemos utilizar nuestras cicatrices para construir instituciones destinadas a impedir que semejante tragedia vuelva a repetirse.
Llegado el momento político oportuno, deberíamos discutir con seriedad la conformación de una “Junta Nacional de Reconstrucción y Transición” que no sea una junta militar, ni un reparto entre partidos, tampoco una mesa para satisfacer apetitos personales. Deberá ser una estructura temporal de emergencia integrada por compatriotas de reconocida competencia profesional y solvencia moral, acompañada por mecanismos rigurosos de transparencia y supervisión.
Necesitamos equipos humanos para los sectores petróleo y gas; electricidad; agua; infraestructura; salud; educación; seguridad; justicia; estabilización monetaria; deuda pública; recuperación de activos; inversión extranjera; reforma tributaria; modernización administrativa y reinstitucionalización democrática. Cada una de estas áreas deberían estar dirigidas por los mejores; y no por amigos, compañeros de partido, financistas de campañas y quien posea el teléfono correcto en Washington. Debe ser los mejores, punto. Y cuando existan varios candidatos con mismo nivel de competencia, deberá escogerse al que posea además una trayectoria personal capaz de generar confianza.
Porque durante la reconstrucción venezolana la trayectoria de vida será un activo económico. Quien crea que los grandes inversionistas solo estudian reservas petroleras y tasas internas de retorno desconoce cómo funciona el capital internacional. También analizan quiénes toman las decisiones, firman los contratos, qué tribunales resolverán las controversias, qué reglas existen para las licitaciones, qué mecanismos anticorrupción funcionan y quiénes son los intermediarios.
Venezuela necesita millones de millones de dólares durante los próximos años. Y ese dinero compite con oportunidades existentes en muchos otros países. La reconstrucción, por tanto, deberá comenzar enviando una señal inequívoca: la Venezuela de los guisos terminó.
Se requieren contratos públicos accesibles, licitaciones transparentes, beneficiarios finales identificados, auditorías internacionales, reglas de conflicto de intereses, tribunales independientes, protección absoluta de la propiedad privada (comenzando por indemnizar a los empresarios despojados de sus empresas por los decretos chavistas que fueron un robo a mano armada), y cero intermediarios mágicos. El empresario que desee invertir deberá poder sentarse frente al Estado venezolano, conocer las reglas, competir y ganar si su propuesta es la mejor, sin padrinos.
Troya resistió durante diez años los ataques de los aqueos. No cayó frente Aquiles ni ante miles de soldados, lo hizo cuando abrió sus propias puertas. El caballo concebido por Odiseo parecía un regalo, pero dentro de este venía el pasado armado hasta los dientes. Toda transición contiene sus propios caballos de Troya: personajes que cambian de lenguaje y traje según los vientos. Viejos operadores que descubren de manera súbita las virtudes del libre mercado. Sujetos acostumbrados a prosperar a la sombra del Estado que se convierten de repente en heraldos del capitalismo y los nuevos tiempos. Sí, tenemos que abrir todas las puertas de Venezuela al capital. Pero conviene mirar dentro del caballo antes de dejarlo entrar.
Existe también una antigua idea china, el “Mandato del Cielo” (Tianming). Los gobernantes conservaban legitimidad mientras gobernaran con justicia; cuando la corrupción, el desorden y la incompetencia se apoderaban del reino, se entendía que habían perdido aquel mandato. No necesitamos adoptar su dimensión sobrenatural para comprender la extraordinaria intuición política que contiene.
Ningún poder logra conservar su legitimidad de forma indefinida cuando destruye aquello que debía proteger. El viejo orden venezolano perdió hace mucho tiempo su mandato y ahora comienza la tarea más difícil: construir otro. Y por eso hemos de cuidar el comienzo. Los países, como las personas, poseen determinados instantes en los que pueden cambiar su destino. Son ventanas históricas breves. Si se desperdician, pueden tardar generaciones en regresar. Venezuela tiene hoy frente a sí una de esas ventanas: recursos, ubicación, talento, una diáspora preparada; un mercado inmenso por reconstruir. Contamos otra vez con el interés de las grandes potencias y del capital internacional. Y tenemos algo que durante demasiado tiempo habíamos perdido: esperanza. No la desperdiciemos repitiendo las costumbres que nos trajeron hasta aquí.
Washington debe comprender que no solo importa alcanzar el destino. Importa también quién nos acompaña durante el viaje y la nueva Venezuela no puede comenzar reproduciendo las fotografías de la vieja. Hay que reconstruir algo mucho más difícil: la confianza.
Las grandes naciones también atraviesan la oscuridad. Lo importante es recordar que el amanecer no consiste solo en que termine la noche. Consiste en comenzar un día distinto.



Deja un comentario