Por Juan Carlos Sosa Azpúrua
Hay meses en que el planeta Tierra deja de ser metáfora y se convierte, otra vez, en protagonista. Entre junio y agosto de 2026 el planeta tembló, se derritió y se desbordó con una insistencia que ya no admite la lectura cómoda del accidente aislado. Venezuela lo sabe mejor que nadie: el doble terremoto dejó más de seis mil muertos y una cifra de desaparecidos que todavía no cierra, ocho hospitales entre los escombros, barrios enteros reducidos a polvo.
Pocas semanas después, un sismo de magnitud 7,4 partió en dos al Chocó colombiano y sacudió a Pereira, Cali y Quibdó; Indonesia recibió el mayor golpe del mes con un 7,7 frente a las costas de Flores; Perú y México sumaron sus propias heridas. Y el 26 de agosto, en la frontera entre Nepal y el Tíbet, un glaciar se desprendió sobre el río Bhote Koshi y bajó como una avalancha de hielo, lodo y escombros que no dio tiempo de aviso.
La tierra, el hielo, el agua, el fuego: los cuatro elementos antiguos convocados casi al mismo tiempo, como si algo, en las profundidades del sistema, se hubiera desalineado. No propongo una lectura geológica, para eso están los sismólogos y el Servicio Geológico de Estados Unidos, que ya documentó este año una actividad tectónica global de una intensidad inusual. Propongo una lectura de sentido, que es distinta y, me aventuro a decir, igual de legítima. Porque mientras la corteza terrestre se resquebraja, la corteza moral de nuestra especie humana hace lo mismo, y sería una ingenuidad de otro siglo fingir que ambas fracturas no dialogan.
Mientras Venezuela enterraba a sus muertos, medio planeta seguía en guerra. La agenda identitaria, esa forma contemporánea del dogma que sustituye el pensamiento por la consigna, esa forma macabra de ingeniería social concentrada en la agenda “woke”, que ha convertido la compasión en policía y el matiz en herejía, continúa fracturando sociedades enteras con la misma indiferencia geológica con que una falla tectónica libera energía acumulada durante siglos.
El cinismo se ha vuelto lengua franca: se miente sabiendo que se miente, se traiciona sabiendo que se traiciona, y ya nadie finge sorpresa. Los valores humanos, esas placas tectónicas invisibles sobre las que se sostenía la convivencia de nuestra especie, se han ido desplazando durante décadas, acumulando tensión, hasta que algo, en algún punto, tenía que ceder.
No es casualidad poética forzar el paralelismo: es, y literal, la misma física. La tierra no libera energía porque sí; la libera porque la tensión acumulada supera la resistencia del material. ¿Por qué habría de ser distinto en el cuerpo civilizatorio?
Mientras la tierra se abría en La Guaira, en Chocó, en Flores, otras tres heridas seguían sangrando sin cicatrizar: Ucrania, entrando ya en su cuarto año de guerra desde la invasión rusa de 2022; Gaza, donde un alto el fuego formal convive con ataques que no cesan y con un territorio que Israel se niega a abandonar; e Irán, bajo bloqueo naval y al borde de una guerra abierta con Estados Unidos que amenaza con incendiar el estrecho de Ormuz. Tres frentes, cientos de miles de muertos acumulados entre todos, y detrás de cada uno la misma anatomía: intereses geopolíticos, industria armamentista, barones de la guerra, viejos y nuevos, que capitalizan el sufrimiento ajeno mientras negocian treguas que administran el conflicto en lugar de resolverlo.
No hace falta ser pacifista ingenuo para reconocer que ese tipo de tensión, sostenida durante años sin descarga real, tampoco desaparece: se acumula, busca cauce, contamina el mismo campo del que hablaba Nikola Tesla. Si el planeta es un solo sistema resonante, como sospechamos, entonces cada bomba sobre Gaza, cada dron sobre Kiev, cada buque bloqueado en Ormuz es también una réplica sísmica, solo que la libera el hombre en lugar de la corteza terrestre.
Nikola Tesla, que ha entendido la electricidad mejor que nadie, nos dejó un gran legado con su pensamiento: el día en que la ciencia comenzara a estudiar los fenómenos no físicos, avanzaría en una década lo que no había avanzado en siglos de existencia. Hablaba de energía, frecuencia y vibración como las claves últimas del universo. No era esoterismo barato. Tesla tenía la intuición de un ingeniero que veía en cada sistema, eléctrico, mecánico, humano, un entramado de resonancias que se afectan entre sí, se amplifican o se cancelan, según estén en fase o en conflicto.
La física contemporánea, en su búsqueda todavía inconclusa de una “Teoría del Todo” que unifique la fuerza de gravedad con el mundo cuántico, se fundamenta en una intuición similar: que en el fondo de la realidad no hay fragmentos sueltos sino un solo campo, una sola tela de la que todo: materia, energía, quizás conciencia, es apenas un pliegue distinto. Si esa tela existe, entonces la separación entre “desastre natural” y “desastre moral” es más un hábito del lenguaje que una verdad del universo. Ambos serían, en última instancia, formas de tensión liberándose en un mismo tejido.
Hay una idea, cada vez menos marginal en la física y en la filosofía de la mente, de una conciencia que no termina en nuestra piel como individuos, sino que participa de algo mayor; una “supraconciencia” que algunos denominan “campo”, otros “noosfera”, otros solo “Gaia”, rescatando el nombre de la diosa griega que era, más que metáfora, la Tierra misma hecha persona. Si sostenemos esa hipótesis, entonces ninguna acción humana es en realidad “privada”. Cada guerra, cada mentira institucionalizada, cada cinismo naturalizado no se queda encerrado en sus fronteras: se propaga por el mismo campo que sostiene los océanos, las placas tectónicas, los glaciares del Himalaya.
¿Es entonces lo que sufrimos una forma de karma universal? No en el sentido supersticioso de un castigo dictado por una voluntad vengativa, sino en el sentido más antiguo y más riguroso del término: karma como ley de causa y efecto, como homeostasis de un sistema que, al ser forzado más allá de su margen de tolerancia, responde.
No hace falta creer en dioses iracundos para aceptar que todo sistema: físico, biológico, moral, tiene un punto en el que la tensión acumulada exige una descarga. Lo que llamamos “catástrofe” podría ser, solo eso: el universo balanceando su propia ecuación.
Y si en esa contabilidad cósmica hubiera una factura pendiente, las guerras la encabezan. Millones de vidas sacrificadas en Ucrania, en Gaza, en el pulso entre Irán y Estados Unidos, no para defender pueblos sino para sostener el negocio de quienes viven de la guerra: fabricantes de armas, potencias que administran conflictos como se administra una cartera de inversión, liderazgos que necesitan un enemigo externo para sobrevivir en lo interno.
Ese es, quizás, el karma más literal de todos: no un castigo enviado desde afuera, sino el costo acumulado, y al fin cobrado, de tratar la vida humana como variable descartable en la ecuación del poder.
Prefiero leer estos meses recientes no como una sentencia de cadena perpetua, sino como gran advertencia, una alarma poderosa que sería de idiotas ignorar. Las civilizaciones que han sabido escuchar sus propios terremotos, los literales y los morales, son las que han sobrevivido a sus propias fracturas. Después de cada gran ruptura, la historia humana ha demostrado una y otra vez su capacidad de reconstrucción: no solo material, sino de sentido.
Los pueblos que se levantan de un sismo no reconstruyen igual; reconstruyen mejor, o al menos lo intentan, porque el desastre desnuda lo esencial y hace evidente lo superfluo. Quizás, lo que este verano de fracturas simultáneas y globales nos está diciendo es que ya es hora de dejar de acumular tensión sin liberar sentido. Que la reconstrucción del mundo no puede limitarse a levantar de nuevo las mismas paredes con iguales grietas morales por dentro.
Hay una oportunidad, tan dolorosa como real, de reconstruir con otro material: uno hecho de valores humanos que vuelvan a importar, de una política que abandone el cinismo, de sociedades que dejen de fracturarse por dogmas, sean del signo que sean, y recuperen la costumbre, casi olvidada, de pensar con matices.
Si Nikola Tesla tenía razón, y creemos que la tuvo, en el fondo todo es energía, frecuencia y vibración. Entonces también es cierto que toda frecuencia puede “reafinarse”. El universo no nos condena: nos está dando, con esta violencia simultánea de tierra, hielo, agua y fuego, la oportunidad brutal pero honesta de escuchar la nota que hemos estado tocando mal.
Depende de nosotros, de cada país, de cada comunidad, de cada persona que decide todavía qué valores sostiene con su vida diaria, convertir el karma en aprendizaje y la catástrofe en fundación. El mundo que viene después de estas fracturas puede, si lo deseamos, ser mejor que el que se cayó. Esa es, al final, la única profecía que vale la pena escribir.



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